miércoles, 14 de marzo de 2012

La OCDE también lo sabe


Los economistas liberales también aplican la trilogía mística desregularización-eficiencia-prosperidad a la negociación colectiva. “La desregulación es la única solución a los problemas de desocupación”, este es su mensaje con respecto al mercado laboral. En la reforma liberal de la negociación colectiva el objetivo de la desregularización es conseguir que ninguna empresa se vea obligada por ningún acuerdo colectivo con los trabajadores. El mercado laboral debe funcionar sin restricciones, los trabajadores deben considerarse como mercancías en un mercado competitivo y el salario sólo es un precio de mercado. En esta línea, la reciente reforma laboral en España establece que las condiciones de trabajo acordadas en los convenios colectivos pueden dejar de aplicarse en aquellas empresas en las que “concurran causas económicas técnicas, organizativas o de producción”.
Más allá de las posiciones ideológicas, los argumentos económicos en los que apoyar este tipo de reformas son muy débiles. La desregulación de los mercados laborales no garantiza ningún beneficio económico para la sociedad en su conjunto. ¿Es algo que desconozca la derecha económica? Parece que no.

En 2004 la OCDE se planteaba (OCDE Employment Outlook, Chapter 3, Wage-setting institutions and outcomes) valorar el efecto del entorno institucional (porcentajes de afiliación sindical, cobertura de los convenios, niveles de centralización y coordinación de las negociaciones salariales) en la determinación de los salarios.

Concretamente, la OCDE intentaba demostrar que la institucionalización de la negociación salarial podía ser responsable de:
(1)    Menores tasas de empleo y una mayor desigualdad salarial.
(2)    Menor moderación salarial.
(3)    La reducción de las perspectivas de empleo de los jóvenes, las mujeres o los trabajadores con menos educación.

Sin embargo, lo que demuestra es, en primer lugar, que la participación de los salarios en la renta ha disminuido en las últimas décadas en los países de la OCDE:




Y, en segundo lugar, que también la desigualdad de los salarios había aumentado:



En relación a la desregulación de las negociaciones colectivas, la única conclusión (contrastada con datos económicos) a la que llega el estudio de la OCDE es que descentralizar los convenios y permitir el descuelgue de las empresas de los convenios sectoriales incrementa la desigualdad de los salarios. La OCDE no detecta ninguna asociación entre los indicadores de negociación salarial y el crecimiento de los salarios reales y tampoco detecta que un mayor nivel de regulación del mercado laboral afecte a las tasas de paro.

La OCDE quería demostrar que la institucionalización de la negociación colectiva era culpable de algunos aspectos negativos del mercado laboral. Realmente, debe ser difícil demostrar que la caída de la participación de los salarios en la renta generada y la mayor desigualdad en la distribución de los salarios se resuelve desregularizando los convenios.
Una lectura más detallada de los principales resultados del estudio de la OCDE se puede obtener en el documento adjunto.

lunes, 12 de marzo de 2012

¿Civilizar el mundo de los negocios?



Extractos de ¿Civilizar el mundo de los negocios? publicado en enero de 1930. Del libro Los peligros de la obediencia. Editorial Sequitur, 2011.

“El respeto universal por el dinero –escribe Bernard Shaw- es el único dato esperanzador de nuestra civilización; el pilar más sólido de nuestra conciencia social”. Nada describe mejor la esencia del espíritu occidental que las diversas formas que adopta el afán de poder económico.
Antes del siglo XIX, casi ninguna época histórica tiene su epítome en la figura del empresario. Sin duda, el hombre de negocios venía existiendo desde antiguo, pero su presencia permanecía anónima: el carácter, los anhelos, las instituciones no se conformaban a aquello que él tenía por necesario o deseable. Las cosas han cambiado: el hombre de negocios abandonó los bastidores para ocupar el centro del escenario; nuestras vidas están subyugadas al ámbito de su actividad.
De China hasta el Perú, el hombre de negocio ha impuesto su fe: ha convencido a naciones enteras de que el esfuerzo económico es bueno en sí mismo, y que cuanto más intenso sea tanto más saldrá ganando la sociedad, sin importar el fin que persiga ni el modo de perseguirlo. Habiendo hecho pecado de la pobreza, ha convertido la riqueza en virtud, y el esfuerzo por conquistarla, en un servicio debido al Estado. Así, el hombre de negocios ha podido sostener que todo cuanto obstaculiza el camino hacia la riqueza, es decir, toda limitación del derecho de propiedad, perjudica el bienestar social.
Pero si una gran lección hemos podido sacar desde la revolución industrial concedió al hombre de negocios una supremacía sin par, es que el afán de lucro es incapaz de construir una sociedad bien ordenada.
Debemos civilizar el mundo de los negocios. Por civilización entiendo una estructura social en la que los hombres disponen de tiempo libre que puedan dedicar a fines nobles. Una sociedad cuyo carácter esté definido por el afán de lucro es una sociedad que ha olvidado el sentido de la civilización. Esta condición consiste en someter los principios de la organización industrial a unos fines morales. Es decir, que quienes trabajan en el mundo de los negocios no deben preocuparse sólo por el lucro personal, sino que deben considerarse al servicio de una función cuyo propósito consiste en liberar a la sociedad del conflicto con la naturaleza. Pero estar al servicio de una función significa dejar de ser un amo.
Tampoco resulta fácil defender un orden social en el que todo el control de las empresas queda en manos privadas, unas manos que no han de rendir cuentas a nadie. Muchas de las decisiones del empresario afectan a las vidas de sus empleados y, sin embargo, permitimos que tengan un carácter absolutamente autocrático. El resultado es sabido: adulteración de precios, sociedades corporativas fraudulentas, nombramientos de directivos que nada saben de dirección de empresas, nepotismo desbocado, hipertrofiadas campañas de publicidad y ventas que el consumidor acaba pagando, sobreproducción sistemática y consiguientes crisis comerciales, un ejército permanente de desempleados generados por el desajuste entre oferta y demanda, expansión de monopolios, derroche de recursos naturales: estos son sólo algunos de los defectos más evidentes del sistema, y todos ellos derivan de hacer de los criterios del mundo de los negocios la pauta que se impone a la sociedad.
Todo esto es la consecuencia inevitable de una sociedad que subordina toda actividad a la creación de riqueza y que, por ello, valora al ser humano en función de la propiedad que le acompaña.
El sistema actual es condenable desde casi cualquier punto de vista. Es psicológicamente inadecuado porque, para la mayoría, al apelar ante todo al motivo del miedo, inhibe el ejercicio de aquellas cualidades que configuran una vida plena. Es moralmente inadecuado, porque confiere derechos a quien nada ha hecho para ganárselos; y cuando los derechos sí están ligados al esfuerzo, éste no tiene una relevancia proporcionada a su valor social. El sistema actual permite a una parte de la comunidad ser parasitaria del resto; y priva a la mayoría de la oportunidad de vivir bien y cómodamente. También es económicamente inadecuado porque fracasa a la hora de distribuir la riqueza que crea como de proporcionar, a aquellos que dependen de sus procesos, condiciones para vivir dignamente.
No es casualidad que todos los pensadores modernos con alguna dote profética –Emerson o Carlyle, Thoreau o Ruskin, Marx o Tolstoi-, se hayan visto impelidos por su conciencia a pedir la transvaloración de nuestros valores para poder preservar el regalo de la civilización.

jueves, 8 de marzo de 2012

Cómo los ricos destruyen el planeta

"Es necesario comprender que crisis ecológica y crisis social son las dos caras de un mismo desastre. Y que ese desastre está causado por un sistema de poder que no tiene otro fin más que preservar los privilegios de las clases dirigentes".

Comment les riches détruisent la planète. Editions du Seuil, 2007

Extractos de la edición en castellano :
Cómo los ricos destruyen el planeta. Editorial Clave Intelectual, 2011.



Los escenarios de la catástrofe
Hemos entrado en un estado de crisis ecológica prolongada y planetaria que debería traducirse en un derrumbe próximo del sistema económico mundial. Los posibles detonantes podrían activarse en la economía, para llegar a la saturación y chocar contra los límites de la biosfera. También es posible que no se produzca un choque brutal, sino que prosiga la degradación en curso, en la que los pueblos se acostumbrarían, como por envenenamiento gradual, al desamparo social y ecológico. Es asombroso observar lo poco que nos sorprenden estos escenarios. Podemos imaginar la forma que tomará la catástrofe porque estamos comenzando a experimentarla en pequeña escala. No obstante, lo más asombroso es que el espectáculo ya se repite ante nuestras narices, que los signos se multiplican con mucha insistencia y que nuestras sociedades no hacen nada. Ya que nadie puede creer seriamente que la celebración del “desarrollo sostenible” pueda desviar siquiera el curso de las cosas.  El “desarrollo sostenible” es un arma semántica para deshacerse de la mala palabra “ecología”; tiene como única función la de mantener las ganancias y evitar el cambio de hábitos, modificando apenas el rumbo.
La pregunta central
Si todo está claro, ¿por qué el sistema es obstinadamente incapaz de cambiar? Hay varias respuestas posibles.
Una respuesta implícita en la opinión común es que, en el fondo, la situación no es tan grave. Una variante reconoce la seriedad del problema, pero afirma que podremos adaptarnos espontáneamente, con la ayuda de las nuevas tecnologías. A la hora de minimizar la importancia de la situación entran en juego tres factores. Por un lado, el enfoque dominante para explicar el mundo es el de la representación económica de las cosas. Son la evolución del PIB y del comercio internacional los que definen una aparente prosperidad. Por otro lado, las élites dirigentes son incultas, son ignorantes en ciencias y carecen de la más mínima noción de ecología. Hay un tercer factor: el modo de vida de las clases ricas les impide percibir lo que las rodea. En los países desarrollados, la mayoría de la población vive en ciudades, aislada del medio ambiente y protegida por las estructuras de gestión colectiva que consiguen amortiguar los golpes cuando no son demasiado violentos.
También podemos pensar que nada cambia porque  el capitalismo se ha visto fortalecido por el derrumbe de la Unión Soviética y la irrupción de la microinformática y las técnicas digitales. El socialismo, fundado en el materialismo y la ideología del progreso del siglo XIX, no ha sido capaz de integrar la crítica ecologista. De esta manera, queda el campo abierto para una visión unívoca del mundo.
Pero ninguna de estas respuestas es suficiente. Si nada cambia, cuando estamos entrando en una crisis ecológica de una gravedad histórica, es porque los poderosos de este mundo así lo quieren.
La invisible frontera de la nueva nomenklatura
Es tiempo de describir las sociedades oligárquicas de la humanidad globalizada de comienzos del siglo XXI.
En la cima una casta de megarricos. Algunas decenas de miles de personas o familias.
Nadan en un medio mucho más vasto, que podríamos llamar la nomenklatura capitalista: la clase superior, menos rica que los megarricos aunque muy opulenta, los obedece o, al menos, los respeta. Junto con ellos, sujeta las palancas del poder político y económico de la sociedad mundial. La nomenklatura capitalista adopta los cánones del consumo suntuario de los megarricos y los difunde hacia las clases medias, que los reproducen según la escala de sus posibilidades, imitadas a su vez por las clases populares y pobres.
La oligarquía está compuesta por los megarricos y la nomenklatura. Allí organizan una desmedida explotación de la riqueza colectiva. Controlando sólidamente las palancas del poder, se cierran a la clase media, cuyos retoños ya no logran integrar la casta sino con dificultad.
Esta clase media constituye un sector cada vez más débil de la sociedad, cuando antaño era el centro de gravedad del capitalismo social, cuya corta edad de oro se centra en la década de 1960. Incluso, ve abrirse la frontera, hasta entonces cerrada, con el mundo de los pequeños empleados y los obreros. Éstos, del mismo modo, pierden la esperanza de penetrar en las clases medias. Por el contrario, la precarización de los empleos, el debilitamiento que busca la oligarquía de los marcos de la solidaridad colectiva, el costo de los estudios les hacen entrever el descenso hacia aquellos de quienes se creían separados: la masa de pobres.
El crecimiento no es la solución
¿Por qué las características actuales de la clase dirigente mundial son el factor esencial de la crisis ecológica? Porque ésta se opone a los cambios radicales que habría que realizar para impedir la agravación de dicha crisis.
¿Cómo? Indirectamente, por el estatus de su consumo: su modelo atrae hacia arriba el consumo general, empujando a los demás a imitarla. Directamente, por el control del poder económico y político, que le permita mantener esta desigualdad.
Para evitar su cuestionamiento, la oligarquía repite machaconamente la idea de que la solución a la crisis social es el crecimiento de la producción. Ésta sería la única forma de luchar contra la pobreza y la desocupación. Pero este mecanismo ya no funciona. Según el economista Thomas Piketty, “la constatación, en la década de 1980, de que la desigualdad había comenzado a aumentar nuevamente en los países occidentales desde los años 1970 dio el golpe mortal a la idea de la existencia de una curva que vinculara inexorablemente desarrollo y desigualdad”. El crecimiento, por otra parte, no crea suficientes empleos. La teoría de los mercados afirma que el crecimiento genera riqueza, que se distribuye mediante la creación de empleos, que a su vez alimentan el consumo, lo que genera inversiones nuevas y, por tanto, el ciclo de producción. Pero a partir del momento en que el vínculo entre crecimiento y empleo se quiebra, este círculo virtuoso deja de funcionar como debería.
Una urgencia: reducir el consumo de los ricos
¿El crecimiento reduce la desigualdad? No, como han observado los economistas en la última década. ¿Reduce la pobreza? En la estructura social actual, sólo lo hace cuando ésta alcanza niveles insoportables de forma prolongada, como en China, donde incluso ese progreso está alcanzando sus límites. ¿Mejora la situación ecológica? No, la agrava.
La búsqueda del crecimiento material es, para la oligarquía, la única forma de hacer que las sociedades acepten desigualdades extremas sin cuestionarlas. El crecimiento crea, en efecto, un excedente aparente de riquezas que permite lubricar el sistema sin modificar su estructura.
¿Cuál podría ser la solución para salir de la trampa mortal en la que nos ha encerrado la “clase ociosa”, para retomar el término de Veblen? Detener el crecimiento material. ¿Cómo hacerlo? No es cuestión de reducir el consumo material de los más pobres, es decir, de la mayoría de los habitantes de los países del Sur y una parte de los habitantes de los países ricos. Por el contrario, si queremos ser justos, hay que aumentarlo. ¿Quién consume hoy más productos materiales? ¿Los megarricos? No únicamente. En forma individual, no cabe duda, derrochan en exceso, pero colectivamente no tienen tanto peso. ¿La oligarquía? Sí, pero aún no basta con eso. América del Norte, Europa y Japón cuentan con mil millones de habitantes, es decir, menos del 20% de la población mundial, y consumen aproximadamente el 80% de la riqueza mundial. Es necesario que esos mil millones de personas reduzcan su consumo material. Pero la única forma de aceptar consumir menos material y energía es que el consumo material –por lo tanto, la renta- de la oligarquía se reduzca severamente, En sí, por razones de equidad y, más aún, siguiendo la lección de Veblen, para cambiar los estándares culturales del consumo ostensible. Ya que como la clase ociosa establece el modelo de consumo de la sociedad, si su nivel se reduce, se reducirá el nivel general de consumo. Consumiremos menos, el planeta estará mejor y estaremos menos frustrados por la falta de lo que no tenemos.
La democracia en peligro
Si la relación de fuerzas no permite imponer esta evolución a los poderosos, éstos intentarán mantener sus excesivos privilegios por la fuerza, aprovechando el debilitamiento de la democracia (la coartada del terrorismo, los nuevos organismo de seguridad, la criminalizació de la oposición política, el control social y la vigilancia integral, el debilitamiento moral de los medios de comunicación, el conformismo generalizado) y alegando las medidas de fuerza necesarias. La astucia de la historia sería, incluso, que un poder autoritario se jacte de la necesidad ecológica para hacer que se acepte la restricción de la desigualdad. La gestión de las epidemias, los accidentes nucleares, los focos de contaminación, la “gestión” de los emigrados por la crisis climática son algunos de los motivos que facilitarían la restricción de las libertades.
¿Cuáles son los principales obstáculos para lograr una sociedad sobria y equitativa?
En primer lugar, las ideas preconcebidas. La más poderosa es la creencia en el crecimiento como única posibilidad de resolver los problemas sociales. La segunda, creer que el progreso tecnológico resolverá los problemas ecológicos. La tercera es la fatalidad del desempleo y está estrechamente ligada a las dos anteriores. El desempleo se ha convertido en una noción ampliamente construida por el capitalismo, para el cual es el medio más eficaz para, dentro de ciertos límites, asegurarse la docilidad popular y el bajo nivel de los salarios. Pero es todo lo contrario, la transferencia de las riquezas de la oligarquía hacia los servicios públicos, un sistema impositivo que pesa más sobre la contaminación y sobre el capital que sobre el trabajo, las políticas agrarias activas en los países del Sur y la búsqueda de la eficacia energética son inmensas fuentes de empleos. Un cuarto lugar común asocia a Europa con América del Norte en una comunidad de naciones. Pero sus caminos han divergido, hay que separar a Europa de la gran potencia y acercarla al Sur.

sábado, 3 de marzo de 2012

Será por mentiras




Vicenç Navarro publicaba hace poco un artículo sobre las falacias que se escriben y/o se dicen sobre salarios y competitividad en España. La reciente reforma laboral se ha justificado con una larga lista de mentiras y fraudes teóricos por parte de políticos y economistas bien financiados . A finales de enero, en una entrevista en el El País (25 enero 2012) Merkel declaraba:


Para justificar la reforma laboral se ha argumentado su interés para las clases trabajadoras y, especialmente, los parados. En el caso español, un argumento que se ha empleado reiteradamente ha sido la necesidad de facilitar el acceso al empleo  de los más jóvenes, resaltando la altísima tasa de paro juvenil español (46,4% en 2011). Según este argumento, el desmesurado paro juvenil sería una consecuencia del fraccionamiento del mercado laboral español entre contratados temporal o indefinidamente.
Este tipo de afirmación se realiza ajena tanto a la lógica como a la información disponible. Una sencilla gráfica que relaciona las tasas de paro juvenil (de 15 a 24 años) y la de los mayores de 25 años de países de la UE (fuente Eurostat; datos correspondientes al año 2010) muestra que el valor de la tasa de paro juvenil es proporcional a la tasa de paro de los mayores de 25 años.


La gráfica muestra la existencia de una relación positiva entre las dos tasas de paro en los países de la UE. Para el conjunto de la UE-25, la tasa de paro juvenil multiplica por 2,54 la tasa de paro de los mayores de 25 años (1,48 veces en el caso alemán; 2,31 en España; 3,24 en Finlandia; 3,38 en el Reino Unido; 4,27 en Suecia). La importancia del paro juvenil en España, no puede, por tanto, asociarse a un factor particular de la economía española. Al contrario, la proporción entre la tasa de paro juvenil y la correspondiente a los mayores de 25 años tiene un valor intermedio en el contexto de la Unión Europea. La diversa regulación laboral de las economías de la UE anularía el argumento de que la mayor tasa de paro entre los jóvenes se explica por una legislación inconveniente. Las mayores tasas de paro en los trabajadores más jóvenes deben encontrarse en causas distintas a la regulación del mercado.
Una imagen parecida se observa a nivel regional para las comunidades autónomas españolas. En este caso (fuente: EPA-INE, datos del IV trimestre de 2011) la relación entre las tasas de paro juveniles y las tasas de los mayores de 25 años (con un factor medio de proporcionalidad igual a 2,03 veces) es algo menor que la obtenida con los datos de la UE. La distinta fuente y periodo de los datos empleados explicaría esta discrepancia, pero lo que resulta relevante es la existencia de la misma relación positiva, en un entorno regional que básicamente comparte la misma legislación laboral.  Curiosamente, Canarias y Andalucía, las comunidades con mayor tasa de paro, presentan tasas de paro juveniles que multiplican por 1,7 y 1,6 veces, respectivamente, la tasa de paro de los mayores de 25, valores similares al obtenido para la economía alemana en el año 2010 (1,48).



Es posible que la entrada de los jóvenes  en el mercado laboral se vea dificultada por la escasa generación de nuevos empleos, por su menor o nula experiencia laboral o por su mayor disposición a no aceptar salarios arbitrarios; también es posible que la tasa de paro juvenil se alimente del despido de trabajadores que ya han entrado de manera precaria en el mercado laboral,  o incluso a los menores costes de despido. Lo que no parece creíble es que sea responsabilidad de una legislación laboral poco flexible. La afirmación de Merkel, como muchas de las realizadas por los defensores de la precarización del mercado laboral, se realiza al margen de cualquier análisis objetivo, empleando argumentos que no se sostienen en datos económicos reales.

miércoles, 29 de febrero de 2012

¡Votad la desglobalización! Los ciudadanos somos más poderosos que la globalización

¡Votad la desglobalización! Los ciudadanos somos más poderosos que la globalización
Editorial Paidós, 2011.

La globalización es el desplome del poder adquisitivo de los votos
La globalización es un sistema que ha puesto metódica y organizadamente a competir a escala mundial, sin límites, sin escrúpulos, sin red, de manera amoral, a los asalariados, los empresarios, los agricultores y todos aquellos que se ven obligados a competir directamente con obreros chinos, ingenieros indios y campesinos argentinos, aquellos que no tienen más remedio que aceptar unas remuneraciones de miseria para vivir o sobrevivir.
El balance de la última década de globalización es un desastre para los que no tienen más recursos que su trabajo: deslocalizaciones en serie, destrucción de empleos y de herramientas de trabajo, disminución de los salarios y las rentas del trabajo.
Las pérdidas de puestos de trabajo a causa de las deslocalizaciones y las reducciones de personal provocadas por la búsqueda de salarios bajos y la ausencia de protección social han representado el 8% de los empleos industriales de la zona euro desde 1995.
Desde hace varias décadas, los Estados europeos se han lanzado a una carrera mundial a ver quién cobra menos impuestos, imitando a EEUU, que ya empezó con esta política en la década de 1980. Esta forma de obligar a los países a competir rebajando impuestos y reduciendo la protección social ha adquirido tales dimensiones que ahora los Estados se hallan atenazados por la deuda pública y los mercados financieros.
En la competencia fiscal desenfrenada que han iniciado los Estados del norte, no hay otra salida más que la destrucción de la protección social y los servicios públicos, y el incremento estructural de la deuda pública, con las medidas finales injustas que eso conlleva.
Parados en el norte y esclavos en el sur
¿A qué intereses ha servido el libre comercio integral? Ahí está la reducción de los ingresos de la mayoría, el enriquecimiento exagerado del 1% de los plutócratas mundiales, la reducción de las protecciones sociales, la destrucción de los recursos naturales, la crisis ecológica que multiplica sus focos de aparición y la sombra del miedo que se extiende sobre las sociedades. Es el triste balance de esta estafa universal.
¿La religión del libre comercio ha ayudado a los trabajadores del sur? ¿Qué favor les ha hecho a los trabajadores chinos, por ejemplo? La idea de que la economía del mercado lleva automáticamente a la democracia es un error de juicio, pues las empresas multinacionales están muy contentas de utilizar la dictadura postmaoísta para no tener que pagar a sus nuevos semiesclavos.
La traición de las élites
El necesario vínculo de confianza que une a toda sociedad con sus élites se ha evaporado progresivamente.
Los que nos gobiernan siguen creyendo en el libre comercio, Es lo propio de las clases dominantes de una generación nacida con el crecimiento y que morirá con un nivel de vida confortable, legando la crisis a los que vengan detrás.
Entre el socialismo del callejón sin salida y el socialismo a la deriva
El viejo socialismo redistributivo el del gotero, es un callejón sin salida porque prolonga la vida de un sistema condenado. Lo mismo que el socialismo del ajuste, el que quiere que nos adaptemos a la globalización. Pero a base de ir rebajando los salarios y de la lenta destrucción de los derechos sociales, nos pasaremos la vida adaptándonos sin llegar a ser nunca lo bastante pobres para el sistema.
El programa político es la desglobalización. Es un programa que implica la reacción a favor del trabajo y contra los dividendos, la reacción a favor de la industria y contra las finanzas, loa reacción a favor de la creación contra las rentas. Desglobalización es recuperar el poder de decidir.
Un proteccionismo moderno, verde y europeo
Tras las oleadas de desindustrialización que hemos sufrido, deberemos reconstituir una nueva base industrial orientada hacia la ecología y la innovación, inventando los productos de la Revolución industrial verde capaces de resolver la crisis ecológica. Para conseguir era reindustrialización verde, Europa necesita protegerse del libre comercio, como lo han hecho los países emergentes en el momento de su primera industrialización.
El proteccionismo europeo verde y a la vez social es el keynesianismo del siglo XXI. Es una voluntad política de organizar de forma realista, justa y eficaz la economía del mercado mundial.
Provocar el cambio ecológico
El artículo IX.3 del acuerdo fundacional de la Organización Mundial del Comercio estipula que, “en circunstancias excepcionales”, un miembro puede solicitar una derogación de la apertura de sus fronteras. La lucha contra el cambio climático es una de esas circunstancias, Hay una segunda opción que también se puede utilizar: es posible invocar el artículo XX del GATT, que concede derogaciones a las obligaciones del tratado de la OMC si están en juego “la protección de la salud y de la vida de las personas y los animales o la preservación de los vegetales” y “la conservación de los recursos naturales agotables”.
La OMC ha fijado en su propio trabajo fundacional el fin de la globalización. Todos los países del mundo pueden limitar las importaciones de productos que emitan más CO2 que los que producimos en Europa. La urgencia ecológica y la amenaza que pesa sobre la humanidad imponen el predominio de las nuevas reglas de intercambio extraídas del tratado de la OMC. Los esfuerzos de los países comprometidos con la lucha contra el cambio climático en el norte no pueden verse arruinados por la aceleración de las deslocalizaciones.
Hay grandes voces en el sur que claman por defender ese nuevo modelo de “desglobalización”. La expresión de Walden Bello: “Considero que la desglobalización es una oportunidad. Yo lo presenté como un modelo capaz de sustituir a la globalización neoliberal hace ya casi diez años, cuando las tensiones, los sacrificios y las contradicciones de esta última empezaban a ser dolorosamente tangibles. Concebida como una solución de sustitución esencialmente destinada a los países en desarrollo, también es pertinente para las principales economías capitalistas”.
Walden Bello propone un programa de desglobalización, una reconciliación entre los países del norte y los del sur, entre países emergentes y países víctimas de la desindustrialización que hoy se enfrentan en una guerra económica mundial, a expensas de sus trabajadores, víctimas de abusos antisociales, y de sus ciudadanos, víctimas de atentados contra el medioambiente.
Los Estados deben dedicar sus esfuerzos productivos a reconquistar sus mercados interiores. En el sur, se trata de distribuir mejores salarios para permitir a los habitantes comprar la producción destinada hoy exclusivamente a la exportación. En el norte, se trata de reconstruir las industrias perdidas en esos años de globalización. La escala local y nacional debe tener prioridad en la producción industrial siempre que la producción pueda hacerse a unos costes razonables. La preferencia para el productor más que para el consumidor constituye una nueva estrategia para los Estados y las economías; consiste en obligar a los consumidores a comprar más caro para sostener el poder adquisitivo de los asalariados, que todo el planeta necesita hoy, tanto en el norte como en el sur, para salir de la crisis, Una política industrial que incluya subvenciones, aranceles e intercambios comerciales, debe tener como objetivo revitalizar y reforzar el sector manufacturero, teniendo como prioridad las tecnologías verdes.
Walden Bello: “Las decisiones económicas estratégicas no pueden dejarse en manos del mercado ni de los tecnócratas. Todas las cuestiones vitales –determinar qué industrias hay que desarrollar, cuáles conviene abandonar progresivamente, qué parte del presupuesto del Estado hay que dedicar a la agricultura- deben por el contrario ser objeto de debates y decisiones democráticas. El régimen de propiedad debe evolucionar hasta convertirse en una “economía mixta” que incluya a las cooperativas y las empresas privadas y públicas pero que excluya a los grupos multinacionales. Las instituciones mundiales centralizadas como el FMI o el Banco Mundial deben ser sustituidas por instituciones regionales construidas no sobre la economía de mercado y la movilidad de los capitales, sino sobre principios de cooperación”.
Las soluciones de la desglobalización verde
Una estrategia de desglobalización para la Unión Europea consistirá en establecer unas condiciones sanitarias, medioambientales y sociales para la importación de productos, haciendo respetar en primer lugar unas normas fundamentales de la Organización Internacional del Trabajo, que protegen a los trabajadores y que hasta ahora han sido ficticias porque no se han aplicado: prohibición del trabajo infantil, no recurrir al trabajo forzado, derecho de los asalariados a organizarse para negociar colectivamente sus contratos laborales, no discriminar en materia de empleo. Abriremos nuestros mercados como contrapartida al respeto de dichas normas, o los cerraremos en caso de que no se observe progreso alguno.
Las normas de lucha contra el cambio climático y en defensa de la biodiversidad que la Unión europea se impone a sí misma deben ser respetadas por los Estados y las empresas multinacionales. La Unión Europea se ha comprometido a reducir en un 20% sus emisiones de gas de efecto invernadero en 2020. Debe, por tanto, exigir compromisos equivalentes a sus socios y a sus competidores económicos. La Unión debe reforzar las normas técnicas y sanitarias de protección de los consumidores europeos, asegurándose de que las importaciones respetan las exigencias que ella impone a sus propias productores, especialmente los agrícolas y, sobre todo, en materia de sustancias y mercancías peligrosas, una protección que debe imponerse a los industriales europeos tanto como a los industriales indios o chinos.
Debería diseñarse un sistema de acuerdos bilaterales entre Estados en  función de esas nuevas reglas: la supresión de aranceles a cambio de respetar unas determinadas condiciones sociales y medioambientales.
Las empresas multinacionales europeas que deslocalizan sus unidades de producción a países de bajos salarios deben ser consideradas responsables de los daños medioambientales y sociales imputables a sus filiales y a sus subcontratistas, En el programa de las grandes reformas debe incluirse la aprobación de una ley que permita responsabilizar a las casas madre de comportamientos de sus filiales y sucursales, sea cual sea la nacionalidad de esas empresas.

domingo, 19 de febrero de 2012

La "nueva economía": una coyuntura propia del poder hegemónico en el marco de la mundialización del capital

Traducción de Manuel Talens y Carlos Santonja.
Este texto es una versión del capítulo escrito por François Chesnais para un libro colectivo:
La globalización y sus crisis. Interpretaciones desde la economía crítica
F. Chesnais, G. Duménil, D. Lévy, I. Wallerstein
Los libros de la Catarata, Serie Viento Sur, Madrid 2002.
ISBN 978-84-8319-153-8
(F. Chesnais, G. Duménil, D. Lévy, I. Wallerstein, Une nouvelle phase du capitalisme?, Collection Séminaire marxiste, Syllepse, 2001).
Los países capitalistas desarrollados conocieron durante los años setenta y al menos una parte de los años ochenta, una gran crisis estructural. En los años noventa se diseñaron nuevos perfiles de evolución y hasta finales de 2000 prevalecía la imagen de una salida a estas crisis. De repente, la entrada de la economía norteamericana en la recesión del 2001, la caída de las Bolsas y la crisis en Argentina sugirieron una mayor inestabilidad.
El alcance de las transformaciones de los últimos diez o veinte años es mayor, tanto si se quiere alabar esos nuevos procesos como si se quiere criticarlos. Los mismos temas aparecen constantemente: mundialización, globalización, financiarización, mercados sin grilletes, (neo) liberalismo, fin de Estado del Bienestar, etc. Durante los noventa la expresión fetiche fue Nueva Economía: entrábamos en un nuevo período de crecimiento y eficiencia. La expresión remite ante todo a nuevas tecnologías entre las que Internet es la figura emblemática, pero de forma más general se trata de tecnologías de la información y de la telecomunicación.
¿Qué sobrevivirá a estos fenómenos después de la recesión? La historia del capitalismo nos enseña que períodos más largos, con características técnicas e institucionales muy bien definidas, se ven temporalmente interrumpidas por recesiones o crisis financieras. Por tanto, ¿podemos identificar en estos nuevos rasgos una nueva fase del capitalismo detrás de la mera sucesión de las recesiones y recuperaciones del ciclo económico?
El siguiente texto hace referencia al periodo anterior al año 2001, ofreciendo una interpretación crítica de la que entonces se llamaba «nueva economía», una solución a las crisis del capitalismo y una promesa de crecimiento para la economía capitalista mundial. El análisis que realiza Chesnais de aquel periodo puede aplicarse en la crisis actual:
·  Se trata de etapas particulares de la evolución del imperialismo, entendido éste como la dominación integrada e internacional por parte del capital financiero. La “globalización” surgió de la liberalización, de la desregulación y de la privatización, diferenciándose de formas anteriores de internacionalización en la ausencia de localización del capital productivo.
·  El régimen de acumulación existente se centra en nuevas formas de concentración del capital-dinero, en nuevas formas de captación del valor y en las instituciones que garantizan la seguridad de las operaciones de inversión financiera. La primera fase del “poder de las finanzas” fue la “dictadura de los acreedores” surgida a principio de los años ochenta. Esta “dictadura de los acreedores” goza de la capacidad de modificar el reparto de la renta y de influir sobre el ritmo y la orientación de las inversiones en todos los países que poseen un sector público importante. Junto a los rendimientos de los títulos de la deuda pública, los dividendos se convirtieron en un mecanismo determinante de apropiación del valor y de la plusvalía, y los mercados bursátiles en una institución decisiva para la regularización del régimen de acumulación.
·  La introducción del grado máximo de flexibilidad en el mercado de trabajo y el sometimiento de los asalariados a contratos basura son una tentativa de imponer al mundo laboral el equivalente de la liquidez con la que el mercado financiero dota al capital. No pueden esperarse aumentos de la productividad global de la economía basados en el progreso técnico o en nuevas innovaciones; el incremento de la productividad se basará en la mayor explotación de la mano de obra.
·  Una de las principales contradicciones del régimen de acumulación se encuentra en que la exigencia de rentabilidad financiera excede con mucho a las posibilidades objetivas de rentabilidad de un gran número de las actividades financieras que éstos financian.
·  El patrimonio o capital constituido por títulos bursátiles es un capital ficticio. Está compuesto por créditos, es decir, por promesas sobre la actividad productiva futura, que son luego negociados en un mercado muy particular, que fija el “precio” según mecanismos y convenciones muy especiales. La propia esencia del capital ficticio hace que su evaluación sea difícil y fluctuante.
·  Los mercados tienen una vida en parte “autónoma”, cuya labor es la creación de los precios de las acciones sobre la base de las muy particulares “convenciones”. Por eso, son el lugar donde crecen capitales ficticios de enormes dimensiones. En relación a las acciones, Marx escribió: “los títulos establecen solamente derechos sobre una fracción de la plusvalía que el propietario se va a apropiar. Pero esos títulos se transforman también en un duplicado del capital real, en pedazos de papel como si un certificado de devolución de valores pudiera tener un valor junto al de la devolución y al mismo tiempo que ésta. Se transforman en representantes nominales de capitales que no existen […] en su calidad de duplicados, negociables por sí mismos como mercancías que circulan, pues, como un capital de valor ficticio: puede aumentar o disminuir de manera independiente de los movimientos de valor del capital real, sobre los que sus poseedores tienen un derecho”.
·  El capital ficticio (en forma de burbujas financieras, inmobiliarias o de cualquier otro tipo) ha dejado de ser una aberración local, un paréntesis en el curso de una dinámica financiera en general razonable, para convertirse en un carácter permanente del régimen de acumulación.
·  No fueron los crash de los pequeños mercados bursátiles de México y de los países del sudeste asiático los que arrastraron a las economías de estos países a recesiones brutales. Hubo recesión y depresión porque el estallido de estas burbujas provocó el estallido en cadena de otras burbujas y se extendió a los balances bancarios, provocando una destrucción de capital ficticio bajo la forma de crédito y, a partir de ahí, la crisis se propagó de manera brutal al resto de la economía.
·  El capital ficticio que compite en la Bolsa no posee la propiedad de crear nuevas riquezas, de crear valor. Para que la burbuja financiera pueda adquirir una “permanencia” es preciso que las finanzas ejerzan algún parasitismo sobre la economía real.