domingo, 20 de mayo de 2012

Contra Keynes y los keynesianos

Marat
13 enero 2012






(¿Por qué no me afilio al Partido Laborista?) "En primer lugar, es un partido de clase, y de una clase que no es la mía. Si yo he de defender intereses parciales, defenderé los míos. Cuando llegue la lucha de clases como tal, mi patriotismo local y mi patriotismo personal estarán con mis afines. Yo puedo estar influido por lo que estimo que es justicia y buen sentido, pero la lucha de clases me encontrará del lado de la burguesía educada". (John Maynard Keynes. De su conferencia “¿Soy un liberal?” recogida en “Ensayos en persuasión”, 1925).

(Tras su viaje a la URSS en 1925) “¿Cómo puedo adoptar un credo que, prefiriendo el barro a los peces, exalta al proletariado grosero por encima de la burguesía y la intelectualidad que, sean cuales sean su defectos, representan la calidad de vida y sin duda la semilla de todo progreso humano?”. (John Maynard Keynes, “Una visión corta de Rusia”, 1925).

Keynes no era laborista y mucho menos comunista. Esto es algo que saben todos aquellos a los que la crisis capitalista ha sometido a un curso intensivo y acelerado de economía. Excepto, según parece, las “izquierdas sistémicas” (1) que lo revindican día sí y día también, recitan fervorosamente el nombre de los apóstoles keynesianos, postkeynesianos, neokeynesianos–Krugman, Stiglitz, Bernanke, Minsky,...-, inspirados en tan docto credo, programas y alternativas para la salvación del sistema económico.
La salvación y supervivencia del sistema capitalista; ésta y no otra fue la motivación de Keynes al elaborar sus teorías económicas. Ésta y no otra es la intención de sus renombrados discípulos actuales.
La política contracíclica keynesiana, experimentada por primera vez como terapia contra la Gran Depresión del 29, ejecutada en el New Deal de Roosevelt, aplicada como doctrina fundante del Nuevo Orden Económico Internacional surgido en Breton Woods tras la II G.M. y en vigor hasta el asalto a los Estados iniciado por Tatcher y Reagan, se sustenta en 4 pilares básicos:
a) La centralidad del consumo o demanda y su mantenimiento o incremento que, junto con la inversión productiva, será la base que potenciará el crecimiento y el pleno empleo.
b) Una política monetaria que organice el flujo de inversiones y que se concreta en situaciones de crisis y recesión en bajos tipos de interés que permitan un más fácil acceso al crédito y, en consecuencia, a la inversión.
c) En ausencia de inversión privada suficiente es el Estado el que debe adoptar un papel de inversor. Este planteamiento no tiene nada de soviético. Para Keynes el protagonismo de la inversión debe corresponder siempre al sector privado y el Estado debe de intervenir sólo cuando es necesario por falta de entusiasmo inversor de los capitalistas ante una situación de crisis económica. Cuando la actividad privada se recupere el Estado debe retirarse. En este punto las diferencias entre un sector de los liberales actuales y el keynesianismo es difícil de detectar. No en vano Keynes era miembro del Partido Liberal británico, algo que muchos de quienes lo exaltan sin conocerle apenas seguramente desconocerán.
d) Y muy importante dentro del esquema teórico de intervención contracíclica propuesto por Keynes: la necesidad de regulación del sistema financiero para evitar que éste se vuelva disfuncional al sistema económico.
Pero resulta que el recetario keynesiano no funciona en la actual crisis capitalista ¿Por qué digo esto? Vayamos a cada uno de los puntos anteriores para comprobar lo que acabo de afirmar:
1) En primer lugar esta crisis capitalista no es de subconsumo sino fundamentalmente de sobreproducción, aunque tiene componentes inversores ligados a la especulación financiera.
Desde 1970 hasta finales de los años 90 la producción mundial de bienes y servicios (PIB mundial) se ha disparado, aunque con comportamientos irregulares de subidas y descensos, con una marcada caída en 2009, año en el que la crisis sistémica se expresó con todo su impacto. La situación de sobreproducción y, en consecuencia, de sobreoferta se va volviendo insostenible al aproximarse la primera década del nuevo milenio y de forma más acentuada una vez iniciada la actual crisis sistémica del capitalismo.
Sectores como el del automóvil o construcción de viviendas (con 6 millones de pisos vacíos en España) son sólo una muestra de una capacidad de producción y, en consecuencia, de oferta muy por encima de las necesidades reales en unos casos y de la capacidad de absorción por la demanda en general.
Paradójicamente, la evolución de los salarios ha sido desde bastantes años antes de la crisis decreciente en términos relativos (en relación a su capacidad adquisitiva) (2) y en términos absolutos a partir del estallido de la crisis, tanto en los países más desarrollados como en la mayoría de los emergentes.
Entonces, ¿cómo es posible que se mantuviera una sobreproducción capitalista durante los períodos expansivos previos y posteriores a los ciclos de crisis?
Les responderé con otra pregunta a su vez. ¿Se han preguntado ustedes alguna vez cuando se produjo la gran eclosión de las tarjetas de crédito? Fue en 1970, justo tres años antes de la primera de las grandes crisis capitalistas tras el crack del 29. Tras la crisis del 73 ya nada volvería a ser igual para los ciclos capitalistas de expansión y contracción. Recomiendo en relación a esta cuestión la lectura de interesantísimo artículo, que ya tiene algún tiempo, de Jorge Beinstein, “La crisis en la era senil del capitalismo. Esperando inútilmente al quinto Kondratieff” (3).
En estos 40 años de alternancia sucesivamente acelerada de crisis y crecimientos del capitalismo el consumo a crédito, bien sea mediante las populares tarjetas VISA, MASTERCARD, AMERICAN EXPRESS u otras, o a través de los préstamos personales bancarios, ha sido el modo de intentar mantener una demanda que de modo natural se hubiera situado por debajo de las capacidades de producción del sistema capitalista, dado el descenso paulatino de la capacidad adquisitiva de los salarios.
Conforme los salarios descendían y los precios de los productos y servicios se iban encareciendo la vida a crédito se fue convirtiendo en la forma habitual de pago entre amplios sectores de las clases trabajadoras y medias. Ello hasta el punto de que el crédito “revolving” (el más caro, con intereses que oscilan entre el 10 y 24%) se fue implantando entre sectores con dificultad de acceso a los créditos normales por riesgos de insolvencia, las clases trabajadoras con menor capacidad económica.
Todo este tinglado de sobreproducción con consumo sobreinducido se mantuvo hasta que la burbuja pinchó por su punto más débil: las hipotecas subprime. Y el tinglado acabó viniéndose abajo y la sobreproducción devino crisis de producción.
2) En la mayoría de los países centrales del capitalismo en crisis los créditos ya son muy bajos y en algunos rondan el 0% de interés, con lo que difícilmente habría margen de maniobra para el crédito a la inversión productiva; ello en un contexto en el que la oferta difícilmente podría encontrar una favorable acogida en un mercado con decreciente capacidad de demanda.
3) En cuanto al papel de inversor para estimular la economía, lo cierto es que las políticas liberales han hecho caso omiso de sus principios para comportarse como keynesianos un tanto peculiares: salvataje del sistema financiero, ayudas a la industria del automóvil, préstamos a fondo perdido a sectores energéticos estratégicos (eléctricas,...), etc. La administración Obama ha sido más puramente keynesiana en algunos casos, emprendiendo importantes proyectos de obra pública con la modernización de su vetusto sistema de carreteras, y practicando un keynesianismo perverso en el resto: inyectar dinero en sectores económicos clave para salvarlos pero sin control estatal.
El problema es que ese papel inversor de los Estados no ha ido destinado a incentivar la economía y el consumo sino a salvar sectores clave en la misma: los bancos en un sistema financiero que prefiere prestarle dinero a los Estados con las ayudas obtenidas de estos, en lugar de realizar su actividad natural, el préstamo a particulares y empresas.
Cuando los Krugman, los Bernake o los Stigliz piden más intervención del Estado en la economía real del sistema parecen no entender que la economía real es esto: un sector financiero que atiende a su propia esencia de ser, la usura -y no hay usura más lucrativa que la que pueda practicarse a los Estados- y sectores productivos industriales del todavía primer mundo que están siendo barridos por la oferta de países emergentes con mano de obra más barata y masiva y a los que los Estados sólo pueden darles oxígeno para prolongar lentamente su agonía si no quieren comportarse como liberales puros y dejarlos morir.
Por otro lado, las propias transnacionales crearon las crisis de sus empresas en los países centrales del capitalismo al deslocalizar la producción hacia el Tercer Mundo y los países emergentes, despidiendo a cientos de miles de trabajadores y contribuyendo a una menor capacidad de consumo de los productos que anteriormente fabricaban en aquellos países. Y eso es algo que difícilmente podrán parar las políticas keynesianas de incentivación de la inversión porque no harían otra cosa que alimentar a la bestia del chantaje de las transnacionales hacia los trabajadores de los países centrales del capitalismo que exigirán nuevas condiciones salariales y de trabajo más y más lesivas para sus empleados. Salvo que la intervención del Estado en la economía fuese definitiva –mediante la nacionalización de sectores estratégicos- y no transitoria y durante el período de la crisis capitalista pero eso es algo de lo que los keynesianos –liberales moderados- no quieren ni oír hablar. ¡Apartad de nosotros la tentación bolchevique!, gritan a coro.
4) El último punto, el relativo a la regulación del sistema financiero indica hasta qué punto los keynesianos han dejado de comprender el mundo en el que viven.
La estructura financiera y monetaria de Bretton Woods, en gran medida creada a imagen y semejanza de las teorías económicas de Keynes, ha sido demolido por la globalización del mercado financiero mundial y su desregulación, iniciada a partir de Nixon (fin del respaldo del dólar en el oro) y acelerada desde la época de Thatcher y Reagan (consulten información sobre el Consenso de Washington): la desaparición de los tipos de cambio fijo, la ruptura de la paridad oro-dólar, la inestabilidad internacional de las tasas de interés, el creciente desarrollo de las operaciones bancarias fuera de balance, la privatización de las agencias de calificación de riesgo, participadas por grandes entidades de inversión, la creciente concentración de los mercados financieros en muy pocos intermediarios que mueven ingentes cantidades de dinero en muy poco tiempo, atacando a economías nacionales grandes y pequeñas a través de gigantescos conglomerados financieros, la opacidad del sistema financiero y bancario internacional con sus intocables paraísos fiscales, la excesiva titulación de la deuda a través de mercados secundarios, el abuso de instrumentos derivados, la desaparición de las fronteras entre banca de depósito y banca de inversión (donde existía previamente),...así lo evidencian.
El nuevo mundo liberal a escala global mundial ha dejado sin resortes de intervención a los Estados. Las sucesivas cumbres del G-20 y de Presidentes de la UE y su parálisis en la toma de decisiones así lo evidencian.
A estas alturas seguir sosteniendo el argumento de la falta de voluntad política de los gobernantes para intervenir sobre los mercados es una falacia estúpida propia de ignorantes y oportunistas políticos que tratan de esconder el hecho de que los políticos profesionales, como casta con unos intereses de permanencia en la dirección del sistema político, se están garantizando con su inacción el pase a la reserva, desplazados por los chicos del maletín de Goldman Sachs, Monti y Papadopoulus ahora, y mañana de cualquier otro “gestor” financiero de los globalistas del Nuevo Orden Internacional (NOW). Los suicidios políticos individuales pueden darse pero los colectivos no.
Los keynesianos tienen otros problemas añadidos a su dificultad para comprender el mundo de la globalización capitalista y financiera mundial configurado tras el fin de Bretton Woods.
Un primer problema nace de su visión aristocratizante y elitista de la economía, la política y la vida en general. Pretenden que en el momento actual el Estado y los políticos vuelvan a intervenir sobre la economía, impulsándola y, sobre todo, regulando su actividad pero no son capaces de decirnos de dónde saldrá esa fuerza conativa de los Estados sobre las formidables fuerzas económicas mundiales que concentran mucha mayor liquidez de dinero que el conjunto de los gobiernos del mundo. Quisieran que esa intervención política se produjese pero no son capaces de admitir que sin la entrada en escena masiva de las masas trabajadoras como fuerza de choque contra el capitalismo desbocado es imposible porque sólo ellas pueden tanto mover como parar el mundo. Pero eso podría ser peligroso para la estabilidad de un sistema que se basa en el pacto social; pacto social que estimuló el propio keynesianismo.
Prefieren entrar por la puerta de atrás y apelar al ciudadano, desde su énfasis en el consumo dentro de su modelo teórico. Es menos connotador de la posibilidad de la lucha de clases que la apelación a la presión por parte de los trabajadores. Roosevelt fue más inteligente que ellos y en USA se alió parcialmente con los sindicatos, a través de la Warner Act, para hacer presión sobre las grandes corporaciones. Pero eso fue en USA donde la tradición izquierdista de los sindicatos era más limitada. A pesar de ello los keynesianos actuales han aprendido bien la lección de cómo la crisis del 29 activó la combatividad de las izquierdas y los sindicatos, aunque no llegara toda la sangre del capitalismo al río, y no quieren correr el riesgo de que ahora ocurra.
Una segunda fuente de los problemas teórico-prácticos de los keynesianos radica en que obvian que el daño hecho por el capitalismo al que pretenden volver a regular es tan grande que para llevar a cabo una intervención suficientemente eficaz sobre la economía ésta ha de ser tan profunda, radical y audaz que desbordaría con mucho la legitimidad de las constituciones burguesas, tan respetuosas con la iniciativa privada, la libertad de empresa y la propiedad privada. ¿Se atreverían los señores keynesianos a apostar por un modelo de planificación económica de capitalismo de Estado tan avanzado como el que fue en su día el de la Francia de de Gaulle? Esperen, no me contesten. NO. Señores keynesianos, sus medias tintas en economía son tan pudorosas ante esta crisis como una cataplasma en el cuerpo de un enfermo terminal de cáncer.
Otra de sus hipótesis fallidas estriba en no comprender que los Estados se han quedado sin resortes legales para domeñar a un capitalismo que actúa contra ellos trasladándoles sus deudas, una vez rescatado, temporalmente, de su crisis financiera. Cualquier intento de controlar al capitalismo deberá ser por la fuerza.
Hay que añadir a todo lo anterior que los keynesianos no entienden que su llamada a que los principales gobiernos del mundo intervengan globalmente para regular el capitalismo desbridado va directamente contra su creciente tendencia a actuar bajo la doctrina Sinatra “My Way”.
La desconfianza entre gobiernos de países miembros de la zona euro (países más ricos frente a los PIIGS), de los miembros de la zona euro con los que no lo son dentro de la UE (Gran Bretaña frente a Alemania y Francia), de Europa frente a USA, de USA frente a China, de USA y Europa frente a los BRIC y otros países emergentes,...pronto se irá materializando en políticas crecientemente proteccionistas de unas áreas geográficas económicas frente a otras e incluso de unos países pertenecientes a dichas áreas frente a otros socios de las mismas. Las tensiones dentro de la UE y de las cumbres del G-20 son evidencias que así lo señalan. No parece esa la tendencia que marque un creciente clima de cooperación necesario para establecer acuerdos que supongan el renacimiento de un Bretton Woods II.
Cuando la amenaza de la crisis avanza en forma de efecto dominó sobre el conjunto de las economías nacionales del planeta y los gobernantes constatan que no parece haber antídoto conocido contra la pandemia, lo que se impone entre ellos es un conjunto de reacciones que integran el más variado abanico de comportamientos: pánico (de momento aún controlado), cautela excesiva, medidas desesperadas, improvisación, inmovilidad, confusión, enfrentamiento del todos contra todos,...Por más que se empeñen los keynesianos, la salida que escoge el capitalismo y sus gobiernos vuelve a ser de nuevo, como en la Gran Depresión, el conflicto y, posiblemente a corto-medio plazo, la guerra.
Ignoro si alguna de estas reflexiones pasó por la cabeza del señor Paul Krugman cuando trabajaba en Enron, la empresa energética que defraudó a USA mediante la creatividad contable de su ingeniería financiera, auténtico paradigma de las consecuencias de la desregulación, o al señor Ben Bernanke, neokeynesiano nombrado por George W. Bush (el hijo tonto del primer Bush que ocupó la Casa Blanca) Presidente de la Reserva Federal USA (FED); la misma FED que “ha impulsado la liberalización del mundo bancario y de ese modo ha querido destruir el sistema bancario europeo” (4) y el mismo señor Bernanke que fue acusado de falta de transparencia en su actuación como presidente de la FED y de presionar al “Bank of America Corp. –para que- completara la compra de Merrill Lynch” (5), comportándose él mismo como un lobbysta. Desconozco también si el señor Joseph Stiglitz ex vicepresidente y ex economista jefe del Banco Mundial, brazo bancario del FMI, y participante el pasado verano “indignado” en el I Foro del M 15-M, habrá pensado en cuestiones similares a las que señalo.
Sinceramente tengo la impresión de que los economistas keynesianos, neokeynesianos, postkeynesianos y toda la larga taxonomía de estos liberales moderados, no lejanos a la tradición de Stuart Mill, mantienen con los llamados neoliberales, los monetaristas y los seguidores de la escuela austriaca (anarcocapitalistas incluidos), muchos de ellos no lejanos al pensamiento de David Ricardo, una pelea amañada de antemano. Una pugna entre liberales moderados y radicales pero liberales, al fin y a la postre.
Ellos, los keynesianos, se han agarrado un berrinche descomunal al ser desplazados de sus espacios de poder –los que van más allá del ámbito académico- en las instituciones financieras, bancarias, organismos internacionales y, en general, cercanos tanto al poder económico como a los gobiernos, a los que rondan cantando bajo su ventana, en la espera de que estos comprendan, antes de que sobrevenga el desastre definitivo, que ellos son la última trinchera de defensa del sistema capitalista.
Olvidan que aquellos marxistas que no nos escondemos tras ninguna escuela económica enemiga de la lucha de clases vemos en la crisis sistémica actual del capitalismo la oportunidad para deshacernos no sólo del llamado neoliberalismo, que es la vuelta al liberalismo decimonónico y a lo que él representa para los trabajadores, sino directamente del capitalismo y de todas las tribus de economistas liberales que lo defienden, incluidos los keynesianos.
Si este es el retrato real de los keynesianos. ¿a qué juegan aquellas izquierdas que los reivindican?
Para entender esta cuestión cabría volver a la expresión “izquierdas sistémicas” que hice al principio del artículo y que definí en la nota (1) del mismo. Para acompañar esta categorización nada mejor que la distinción entre las izquierdas que hacía el tristemente desaparecido marxista Adolfo Sánchez Vázquez y que reproducía el miembro del PRD Adolfo Gilly en un artículo recientemente publicado (6). Decía así Sánchez Vázquez en relación con las izquierdas:
“Izquierda puede ser un término equívoco. Me parece preferible usarlo en plural: no la izquierda sino las izquierdas. Tendríamos así al menos cuatro izquierdas: una izquierda democrática, liberal, burguesa, connatural al sistema capitalista; una izquierda socialdemócrata, que quiere mejorar las condiciones sociales dentro de los marcos de ese mismo sistema; una izquierda social, que es crítica del capitalismo pero no le ve una alternativa, representada sobre todo por los movimientos sociales (el movimiento antiglobalización está dominado claramente por los keynesianos, como lo prueba su línea claramente reformista: el texto entre paréntesis es mío); y una izquierda socialista, opuesta al capitalismo, que propone una nueva organización de la sociedad.”
Actualmente la izquierda socialiberal, de abandonada matriz socialdemócrata, los excomunistas (pueden llevar el nombre comunista en su denominación) que abandonaron el marxismo, aunque periódicamente lo reivindican para satisfacer a una parte de sus bases situadas a la izquierda de la organización, y buena parte de la autodenominada “izquierda radical” –la de militancia social movimientista- recita los últimos gorgoritos del día de los Krugman, los Stiglitz,... y de sus respectivos delegados nacionales. El lector de cada país podrá poner el nombre que corresponda a esos discípulos de Keynes que pululan alrededor de las izquierdas sistémicas y dentro de ellas y que marcan sus partituras económicas y las letras musicales que ensalzan las leyes reveladas del maestro británico.
Las izquierdas keynesianas, muy mayoritarias en el conjunto de lo que culturalmente llamamos izquierdas, abogan por soluciones económicas de este tipo como alternativa a la crisis del capitalismo, aún a sabiendas de que no son viables al hacerlas imposibles la globalización, la ausencia de resortes reguladores de intervención y la carencia de poder de las instituciones políticas, porque si abandonaran a Keynes y a su apóstoles tendrían que asumir que la única posición coherente es lo que Marx nos recuerda de nuevo: la necesidad de una revolución socialista, hoy a escala mundial porque mundial es la crisis capitalista y es necesario oponer una fuerza tan poderosa como la formidable que aún mantiene el capital. Pero eso les obligaría a una autocrítica sobre la trayectoria que han seguido hasta ahora: unos social-liberales, otros reformistas, otros meros radicales coordinadores de movimientos antiglobalización en los que la Iglesia Católica, los movimientos tipo ATTAC y los que pretenden otra globalización “más justa” son la fuerza determinante.
Para las “izquierdas sistémicas” el keynesianismo es una cómoda parada a la espera de que la crisis capitalista escampe porque no creen que sea posible la revolución social y, probablemente, ni siquiera la deseen.
Esto explica la obsesiva y sistemática declaración de antineoliberalismo por una parte de esas izquierdas, sin aludir al capitalismo, como si lo que llaman neoliberalismo no fuera una de las muchas estrategias del capitalismo y una declaración de anticapitalismo vacía, por otro sector de las “izquierdas sistémicas” que, cuando se concreta en su programa económico, es puro destilado Keynes.
En su fuero interno aún confían en que sea posible una fase de recuperación económica mediante una etapa expansiva que permita abrir un ciclo de luchas reformistas y salariales que permita recuperar el nivel de vida perdido por los trabajadores y la restitución de un Estado del Bienestar que, en realidad, ha muerto para siempre.
Las izquierdas, si lo son, no necesitan en el momento actual presentar un programa económico de gestión de la crisis capitalista, que no podrán llevar a cabo porque la fuerza ya no está en las instituciones políticas, sino empezar a tomar en cuenta las palabras de la Secretaria General del Partido Comunista Griego (KKE), Aleka Papariga, seguramente uno de los que mejor está entendiendo la esencia real de la situación actual:
“Cuando decimos al pueblo que el sistema capitalista –refiriéndonos al sistema capitalista de Europa que ha cumplido todo su ciclo– hoy objetivamente no puede dar soluciones, que ha dado todo lo que podía dar, esto significa que no esperen que el KKE participe en el sistema político burgués, en un gobierno de gestión de un sistema que no puede dar nada.” (Entonces habla del derrocamiento del sistema, sugiere el periodista que la entrevista) “Por supuesto” (7)
Ignoran que cuando renuncian a preparar la revolución social, que cuando se centran en la demanda de reedición de un nuevo pacto social, que cuando emiten un discurso dirigido a las clases medias y el “ciudadanismo”, olvidando que los capitalistas han planteado una lucha de clases que nos lleva a la situación de la clase obrera en la Inglaterra de Engels, están abonando el terreno a cualquier salida progresista a la crisis, incluso reformista, porque han negado toda fuerza transformadora a un proyecto emancipador de los trabajadores. Y las banderas que no se levanten desde una izquierda revolucionaria se acabarán izando desde el color negro o pardo de los demagogos y oportunistas que agitarán un populismo reaccionario que ya no irá contra el capital, aunque lo haga nominalmente, sino contra aquellos sectores a los que sea posible satanizar –inmigrantes, minorías étnicas, mujeres, pobres y excluidos,...-para expresar una rabia colectiva que suelte presión a una olla que acabará por explotar.

NOTAS:
(1) En varios artículos he empleado la expresión “izquierdas sistémicas”. Hora es de que defina, siquiera provisionalmente y como primera aproximación al concepto, la misma.
Por “izquierdas sistémicas” entiendo aquellas cuyas identidades de origen se vieron metabolizadas por el pacto social tácito o expreso que establecieron con el poder económico y político en el proceso de creación y asentamiento de los Estados del Bienestar en los países centrales del capitalismo.
El desarrollo del Estado del Bienestar, a cuya edificación contribuyó el modelo keynesiano de estímulo a los mercados desde el Estado, exigía a cambio una paz social en lo sindical y político, paz social que fue garantizada por la socialdemocracia primero, buena parte de los partidos comunistas (fundamentalmente los de estrategia eurocomunista) después y, como última aportación desde finales de los años 90 del pasado siglo, de buena parte de la autodenominada “izquierda radical”.
De este modo, lo que en origen fue una izquierda de matriz marxista o influida por el marxismo, en mayor o menor medida, pasó lenta pero inexorablemente a integrar el keynesianismo como variante económica e ideológica de lo que Bernstein y otros reformistas habían postulado con anterioridad: que en el desarrollo del sistema capitalista la lucha pacífica de los trabajadores iría posibilitando la transición hacia el socialismo, ahora por la vía del bienestar. Lo cierto es que Keynes jamás pretendió el socialismo ni nada que se le pareciera sino la consecución de toda la potencialidad del capitalismo.
Pero el derribo y muerte del Estado del Bienestar a manos de un capitalismo globalizado que no necesita ni quiere un pacto social porque sabe que no tiene nada que temer de unas agónicas “izquierdas sistémicas” ha dado la puntilla definitiva a dichas teorizaciones y a las estrategias de mera acomodamiento al capitalismo de aquellas.
Es previsible que las “izquierdas sistémicas” desaparezcan con el propio Estado del Bienestar.
(2) http://dwt.oit.or.cr/images/stories/boletines/B4_informeMundialdeSalarios.pdf Datos oficiales de la Organización Internacional del Trabajo (OIT)
(3) http://www.espai-marx.net/ca?id=1091
(4) Entrevista al economista Marcello De Cecco: “La FED debilitó nuestro sistema”: http://www.pagina12.com.ar/diario/elmundo/4-185275-2012-01-12.html
(5) http://online.wsj.com/article/SB124597417288857355.html#mod=2_1362_leftbox
(6) http://www.jornada.unam.mx/2012/01/02/opinion/013a2pol
(7) http://es.kke.gr/news/news2012/2012-01-05-sinentefxi-aleka/



Véanse también:

lunes, 14 de mayo de 2012

Un permanente estado de excepción económica

Slavoj Zizek






Hay una cosa que está clara: después de décadas de Estado del bienestar, cuando los recortes eran relativamente limitados y llegaban con la promesa de que las cosas pronto regresarían a la normalidad, estamos entrando ahora en un periodo en que un cierto tipo de estado de excepción económica se está convirtiendo en permanente, volviéndose una constante, un modo de vida. Trae consigo la amenaza de medidas de austeridad mucho más salvajes, recortes de beneficios, disminución de los servicios de salud y educación y un empleo más precario. La izquierda se enfrenta a la difícil tarea de enfatizar que estamos tratando de la economía política -que no hay nada «natural» en semejante crisis, que el modelo económico global existente descansa en una serie de decisiones políticas- mientras que simultáneamente debe ser plenamente consciente de que, en tanto que permanezcamos dentro del sistema capitalista, la violación de sus reglas origina, de hecho, una crisis económica, ya que el sistema obedece a una lógica pseudonatural propia. Por ello, aunque estemos entrando claramente en una nueva fase de aumento de la explotación, facilitada por las condiciones del mercado global (por la externalización, etc.), también debemos tener presente que viene impuesta por el funcionamiento del propio sistema, siempre al borde del colapso financiero.

Por ello sería inútil simplemente esperar que la actual crisis sea limitada y que el capitalismo europeo continúe garantizando un nivel de vida relativamente alto para un número cada vez mayor de personas. Realmente sería una extraña política radical aquella cuya principal esperanza es que las circunstancias continúen haciéndola inoperante y marginal. En contra de semejante razonamiento es como hay que leer el lema de Badiou, mieux vaut un désastre qu’un désêtre: mejor el desastre que dejar de ser; hay que asumir el riesgo de fidelidad a un Acontecimiento, incluso si el Acontecimiento acaba en un «oscuro desastre». El mejor indicador de la actual falta de confianza en sí misma de la izquierda es su miedo a las crisis. Una verdadera izquierda aborda una crisis con seriedad, sin ilusiones. Su punto de partida es que aunque las crisis son dolorosas y peligrosas, son inevitables y constituyen el terreno donde hay que librar y ganar las batallas. Por eso, hoy más que nunca, es pertinente el viejo lema de Mao Zedong: «Todo bajo el cielo está en completo caos; la situación es excelente».

La nuestra es la situación opuesta a la situación clásica de principios del siglo XX, en la que la izquierda sabía lo que había que hacer (establecer la dictadura del proletariado), pero tenía que esperar pacientemente el momento adecuado de ejecución. Hoy en día no sabemos qué es lo que tenemos que hacer, pero tenemos que actuar ahora, porque las consecuencias de la no-acción podrían ser desastrosas. Estaremos obligados a vivir «como si fuéramos libres». Tendremos que arriesgarnos a dar pasos en el abismo, en situaciones totalmente inapropiadas; tendremos que reinventar aspectos de lo nuevo sólo para mantener la maquinaria funcionando y conservar lo que estaba bien de lo viejo, la educación, la asistencia sanitaria, los servicios sociales básicos. En resumen, nuestra situación es como lo que dijo Stalin sobre la bomba atómica: no es para gente con nervios endebles. O como dijo Gramsci, la nuestra caracteriza una época que empezó con la Primera Guerra Mundial, «el viejo mundo está agonizando, y el nuevo mundo lucha por nacer: ahora es el tiempo de los monstruos».

sábado, 12 de mayo de 2012

El capital ficticio

Al final de los 70 y principio de los 80 surgió una nueva etapa capitalista: el capitalismo especulativo. Supuso una fuga de capitales desde los espacios productivos a los de la especulación, en forma de capital ficticio. El capital especulativo o capital ficticio se define como capital que posee valor monetario nominal y existencia como papel, pero que no posee base en términos de actividad productiva real o de activos físicos. El capital especulativo se apropia de un excedente para cuya producción no ha contribuido en nada; exige remuneración, sin contribuir en nada a la  creación de valor real.
La valorización especulativa de los activos genera ganancias ficticias. Mientras la burbuja especulativa se mantiene, no implica pérdidas para nadie. Los intereses de la deuda pública recibidos por el capital, si son financiados con incrementos de la propia deuda, constituyen ganancia para los propietarios del capital, sin que constituyan pérdida para ningún otro particular. El valor imputado a los bienes inmuebles en posesión de los bancos, mientras que no salen al mercado, tienen el valor que los bancos quieran darle. Si compro una mercancía por un precio superior al correspondiente a su valor, mientras no la consuma puedo seguir pensando que no he perdido valor en la compra, pero eso es una pura ilusión. La ganancia ficticia existe mientras se mantenga la valorización especulativa del activo, y desaparece si desaparece esa valorización. Desde el punto de vista de la sociedad, esas ganancias son puro humo. Cuando se propone hacer desaparecer el capital tóxico, los activos tóxicos, lo que se pretende es hacer real el capital ficticio y cobrarlo, obviamente a los trabajadores, por medio de impuestos o mediante obligaciones de deuda u otro tipo de ayudas públicas.
En la economía española, la inversión del sistema financiero en vivienda supuso un alivio para la insuficiente rentabilidad del capital y la escasez de oportunidades de inversión en la economía productiva. Pero la inversión especulativa precisa de dosis cada vez más altas, generando capital y ganancias ficticias, reinyectadas en un mismo circuito. Hasta alcanzar un punto en el que la distancia entre el valor real y el monetario del activo hace irreal la riqueza aparente. El pinchazo de la burbuja inmobiliaria ha dejado en manos del sistema financiero una parte importante de capital ficticio, que ahora carece de valor y que, por tanto, debe disminuir su valor nominal. También las familias se encuentran endeudas pagando créditos sobre viviendas que no valen lo que pagaron por ellas. Pero eso es parte del negocio del sistema financiero, que ahora puede seguir cobrando los intereses del gran volumen de capital prestado. El único inconveniente es que el pinchazo de la burbuja hace peligrar la devolución de los créditos y que los activos inmobiliarios en manos de los bancos pierden también su valor, disminuyendo su solvencia.
La importancia de los créditos puestos a disposición de los hogares con la finalidad de adquirir vivienda (con hipoteca) supera a los créditos en cualquier sector productivo (véase la siguiente gráfica). El crecimiento del crédito concedido a las familias no es para satisfacer la demanda de vivienda, sino que responde a unos precios cada vez mayores. Pero lo más destacable es que la segunda finalidad de los créditos otorgados corresponde a las actividades inmobiliarias, y la tercera finalidad a los concedidos al sector de la construcción.

El gran peso de la vivienda en los activos bancarios es una de las principales características del sector bancario español. Los análisis de la crisis bancaria española realizan una foto de la situación actual, olvidando que no es fruto del azar. La asignación de crédito es una de las principales funciones de la banca y un ámbito en el que las decisiones están sólidamente argumentadas. La banca favoreció una burbuja inmobiliaria como un procedimiento teóricamente eficiente para generar ganancias ficticias. El problema ha sido que el proceso especulativo se ha detenido de manera no controlada. Se trata ahora de establecer el máximo control sobre la pérdida de valor del capital ficticio, con el objetivo de que sea absorbida por el sector público o, en último término, por los trabajadores.
En la siguiente gráfica se muestra la evolución de los créditos dudosos según diversos conceptos (todos los datos tienen como fuente el Boletín Estadístico del Banco de España). El sector de actividades inmobiliarias ha pasado de tener 1.599 millones de euros en créditos dudosos en 2007, a 62.366 millones a finales de 2011. Esto representaba en 2007 un 0,53% de los créditos concedidos a actividades inmobiliarias y un 20,9% a finales de 2011. Si a esto se le añaden los créditos dudosos en el sector de la construcción (1.111 millones en 2007, representando un porcentaje de riesgo del 0,72%, y 17.393 millones en 2011, un porcentaje de riesgo del 17,66%) y los de los hogares relacionados con vivienda (4.495 millones en 2007, un riesgo del 0,72%, y 18.285 millones en 2011, con un riesgo del 2,79%), la banca española puede tener alrededor de 98.044 millones de euros en créditos dudosos asociados a la vivienda, que representan un 9,3% de los créditos concedidos a esta función.


Los créditos dudosos son sólo parte del problema de la banca española. El porcentaje de riesgo (créditos dudosos sobre los concedidos) de los créditos a los hogares para adquisición de vivienda (con hipoteca) es bajo (2,74% en 2011). Esta es una de las cifras que hace suponer que la información que ofrece la banca sobre la solvencia de sus activos puede ser inexacta. Con la caída del PIB y el incremento del paro afectando a los hogares españoles, es poco creíble que sólo el 2,74% de las hipotecas sobre vivienda se definan como de dudoso cobro. Adicionalmente, por tanto, el problema no son sólo los créditos dudosos, ha surgido la duda del valor de todos los activos inmobiliarios de los bancos. En la complejidad de las finanzas capitalistas parece difícil saber cuándo los activos son reales, son financieros o cuándo son puramente ficticios.
La expansión financiera se ha basado en el capital ficticio y las inyecciones de liquidez y las ayudas públicas a la banca no tienen como objetivo solucionar un problema de liquidez o de solvencia. La banca no está dispuesta a asumir las pérdidas  generadas en el estallido de la burbuja y para ello precisa del sector público. La nacionalización de las pérdidas (como en el caso de Bankia), la creación de sociedades inmobiliarias (como en la actual reforma)  o las ayudas públicas (no sólo ayudas directas, sino en forma de incentivos fiscales, avales, bonos convertibles en acciones,…) son los instrumentos que pone el gobierno a disposición de la banca. Todas ellas son formas más o menos sutiles de trasladar las pérdidas del capital ficticio a los trabajadores.

viernes, 4 de mayo de 2012

Más allá de la crisis

Conferencia de Josep Fontana (febrero de 2012).



"La gran divergencia es el proceso por el cual se produjo un enriquecimiento considerable del 1% de los más ricos y el empobrecimiento de todos los demás. Los resultados a largo plazo de la gran divergencia, que se iniciaba en los Estados Unidos y en Gran Bretaña en los años setenta y se extendió después a Europa, transformaron profundamente nuestras sociedades. Las consecuencias de una inmensa redistribución de la riqueza hacia arriba no sólo se han manifestado en el empobrecimiento relativo de los trabajadores y de las clases medias, sino que han dado a los empresarios una influencia política con la cual, a partir de ese momento, les resulta cada vez más fácil fijar las reglas que les permiten consolidar su poder. Esta redistribución hacia arriba no es el resultado natural del funcionamiento del mercado, como se pretende que creamos, sino el de una acción deliberada. Su origen es netamente político.

Es por eso que necesitamos evitar el error de analizar la situación que estamos viviendo en términos de una mera crisis económica -esto es, como un problema que obedece a una situación temporal, que cambiará, para volver a la normalidad, cuando se superen las circunstancias actuales-, ya que esto conduce a que aceptemos soluciones que se nos plantean como provisionales, pero que corre el riesgo de que conduzcan a la renuncia de unos derechos sociales que después resultarán irrecuperables. Lo que se está produciendo no es una crisis más, como las que suceden regularmente en el capitalismo, sino una transformación a largo plazo de las reglas del juego social, que hace ya cuarenta años que dura y que no se ve que haya de acabar, si no hacemos nada para lograrlo. Y que la propia crisis económica no es más que una consecuencia de la gran divergencia".


viernes, 27 de abril de 2012

Ahora el crecimiento, lecciones del capital monopolista de los sesenta

John Bellamy Foster
Extraído de: Paul Sweezy y el capital monopolista, en Entender el capitalismo. Douglas Down ed. Edicions bellatera, 2003.


El dilema básico de la acumulación bajo el capitalismo monopolista era que los obreros, que eran la inmensa mayoría de la población en los países ricos, tenían escaso o ningún acceso a los excedentes económicos en forma de beneficios, intereses y renta. Los ingresos de los obreros eran casi exclusivamente salariales. La mayoría de los obreros vivía al día, y el cheque del sueldo le llegaba justo para enlazar con el siguiente (aunque a veces podía hacer compras importantes a crédito) y no podía ahorrar. Por lo tanto, los obreros gastaban lo que ingresaban en cubrir sus necesidades o en lo que algunos economistas llamaban “bienes salariales”.
En cambio, los capitalistas podían acceder a los excedentes económicos, y tenían como principal objetivo la acumulación de excedentes aún mayores. Gastaban una pequeña cantidad de sus ingresos totales en artículos de lujo para su consumo privado, pero, básicamente, trataban de garantizarse el incremento de su riqueza a través de la inversión en bienes de producción, en nueva capacidad productiva. Pero esto planteaba un dilema: si todos los excedentes orientados a la inversión se invertían en nueva capacidad productiva (nuevas fábricas y equipo), esa nueva capacidad, una vez canalizada, resultaría en una capacidad total para producir bienes que podía perfectamente exceder a la demanda final, provocando la superproducción, el descenso de los precios y la rápida disminución de los beneficios. Con el fin de evitar tal situación y la reducción de los precios, que amenazaría los márgenes de beneficios, el capital monopolista reducía los niveles de producción, aumentando la cantidad normal de capacidad productiva inactiva e invirtiendo con suma prudencia. Sin embargo, todo esto significaba que el excedente que el sistema podía producir, real y potencialmente, solía superar la capacidad para absorberlo. Como consecuencia de ello se propiciaba un ritmo de crecimiento económico muy por debajo del potencial.
La mayoría de las nuevas industrias afrontaron la conmoción de una encarnizada competencia, en la que los precios tendían a caer y la inversión adoptaba un carácter sumamente dinámico. No obstante, una vez que tales industrias hubieran “madurado”, creando más capacidad productiva de la que normalmente podían utilizar, la inversión tendía a caer. Y la inversión que se realizaba salía cada vez más de los fondos de amortización con una nueva inversión neta relativamente escasa. Además la naturaleza de la industrialización era tal que, en las economías muy desarrolladas, un sector cada vez mayor de la industria consistiría en mercados maduros en este sentido.
Así pues, el estancamiento que caracterizó a los años treinta no fue simplemente una anomalía, sino que reflejaba las condiciones profundamente imbricadas en las leyes del movimiento del capitalismo en su fase monopolista.  ¿Cómo se las había ingeniado la economía estadounidense para seguir en expansión durante dos décadas sin ninguna crisis importante? Una serie de factores compensatorios habían contribuido a impulsar la economía: 1) el estímulo, que marcó toda una época, aportado en los años cincuenta por una segunda gran oleada de automoción en Estados Unidos (que ha de ser entendida como un fenómeno que abarcó también la expansión de las industrias del acero, el cristal, el caucho y el petróleo, la construcción de las redes de autopistas y el estímulo aportado por la suburbanización); 2) el gasto militar propio de la guerra fría, incluyendo dos guerras “calientes” en Asia; 3) la creciente y ruinosa influencia de las campañas de ventas en la producción y 4) la enorme expansión de la superestructura financiera de la economía capitalista, hasta el punto de que empezó a dejar en mantillas a la propia producción. A través de estos medios la economía estadounidense logró absorber los excedentes y, por lo tanto, atajar una severa crisis económica.
Sin embargo, todos estos factores compensatorios tenían sus propios límites, o producían contradicciones adicionales para la sociedad capitalista monopolista. La automoción representaba un cambio en toda la base geográfica de la economía; y una vez que estos efectos se hubieron materializado el proceso se ralentizó. Además, no parecía que asomase por el horizonte ninguna otra innovación que hiciese época a semejante escala –incluso la revolución digital de las últimas décadas ha sido pequeña, en comparación, por lo que se refiere a la inversión global. Los enormes gastos militares indujeron a Estados Unidos (unos gastos que en la actualidad equivalen a casi un tercio del gasto militar en todo el mundo) al militarismo global y al imperialismo, y a la búsqueda de nuevas justificaciones para un enorme y creciente presupuesto armamentístico una vez concluida la guerra fría. La penetración de las campañas de ventas en los procesos de producción provocaba una superproducción superflua (embalaje innecesario, productos inútiles, productos desechables, además de la obsolescencia planificada dentro del propio proceso de producción). Como es natural, esto no dejaba de afectar a los costes empresariales y a la competencia. El vertiginoso crecimiento de la superestructura financiera de la economía capitalista, junto al relativo estancamiento de su base productiva, sólo podía contribuir a la incertidumbre y a la inestabilidad de las economías capitalistas a nivel mundial.
Las tres tendencias más importantes en la reciente historia del capitalismo eran: 1) la ralentización del ritmo general del crecimiento; 2) la proliferación a nivel mundial de multinacionales monopolistas u oligopolistas; y 3) la financiarización del proceso de acumulación de capital. El sistema de producción para obtener beneficios en el mercado sigue siendo lo que organiza la producción. Pero la mano que lo mueve ya no es invisible y las decisiones ya no se toman sin planificarlas. Resulta cada vez más obvio que la mano es la mano rectora de unas cuantas multinacionales gigantescas que mueven el mercado a su antojo, y planifican el uso de los recursos del mundo para ganar dinero en lugar de para hacer frente a las necesidades. Ni las tendencias monopolistas del capitalismo, ni sus divisiones imperialistas, resultan en modo alguno superadas por la nueva globalización.

sábado, 14 de abril de 2012

Reforma del Tratado: una Europa más solidaria... ¿con los mercados?

Thomas Coutrot
Introducción al libro de Economistas Aterrados, Europa al borde del abismo, Editorial Pasos Perdidos/Barataria, 2012.

Apenas lleva dos años en vigor y el Tratado de Lisboa ya necesita una revisión urgente, porque, si bien prohíbe a los países de la zona euro acudir en ayuda de otro país miembro de la zona, durante la primavera de 2010 y para atajar la catástrofe fue necesario improvisar un “Fondo Europeo de Estabilidad Financiera” que permitiera a Grecia y después a Irlanda hacer frente a sus deudas. Esta violación manifiesta del Tratado ha sido criticada por el Tribunal Constitucional alemán, que ha exigido su reforma para adecuarlo a la realidad. En el verano de 2011, el Consejo y el Parlamento europeos adoptaron una “nueva gobernanza europea” que supuestamente servirá para reforzar la disciplina presupuestaria y hacer sostenible el Fondo, que en 2013 será bautizado de nuevo como Mecanismo Europeo de Estabilidad. Pero los mercados financieros han acentuado todavía más sus maniobras especulativas contra la zona euro, y los tipos de interés han aumentado por doquier. Tras un G20 vacuo y sin contenido en Cannes, Angela Merkel y Nicolas Sarkozy decidieron imponer a finales de 2011 un nuevo tratado que se propone grabar a fuego en las Constituciones nacionales una “regla de oro” de austeridad presupuestaria, además de tornar automáticas y realmente disuasorias las sanciones contra cualquier país que supere el famoso criterio del 3% del déficit. Este tratado “intergubernamental”, rechazado por el Reino Unido, tendría que ser adoptado de manera urgente para tranquilizar a las agencias de calificación financiera y, de ese modo, perpetuar la tutela de los intereses financieros sobre las políticas económicas de los Estados europeos.
La “disciplina de los mercados” ha entrado en quiebra…
La extraña cláusula de “no salvamento” (no bail-out), introducida desde la fundación del euro por el Tratado de Maastricht, resulta incomprensible para el ciudadano medio. ¿A cuento de qué eso de prohibir la asistencia mutua entre países que han decidido unir sus monedad? En realidad, la cláusula reflejaba la obsesión neoliberal por imponer a los Estados la disciplina de los mercados financieros. Ante la prohibición (establecida por el mismo Tratado de Maastricht) de recurrir al Banco Central Europeo para financiar sus déficits, los Estados se han visto obligados a endeudarse en los mercados, quedando por lo tanto sometidos a los criterios y exigencias de la industria financiera y de las agencias de calificación. Prohibir la asistencia entre Estados supone obligar a cada uno a presentarse por sí solo ante el tribunal de los mercados. Cada Estado debe por tanto respetar rigurosamente sus leyes: reformas fiscales favorables a las rentas de capital, reducción del gasto público, flexibilidad, privatizaciones… Los mercados castigarán a todo Estado demasiado laxo en materia presupuestaria aplicando tipos de interés elevados (la supuesta prima de riesgo) que los obliguen a volver al redil.
Este dispositivo tan brillante se ha venido abajo con la crisis financiera, que ha demostrado por enésima vez lo que todos sabíamos: los mercados financieros no son ni eficientes ni racionales y, por consiguiente, es una aberración confiarles la tutela de las políticas económicas de los Estados. ¿Qué disciplina se puede esperar de mercados especulativos inestables y gregarios que van dando tumbos del boom al crack? Sin embargo, no se han sacado las debidas lecciones de este fracaso tan previsible y anunciado. Antes de 2008, los déficits presupuestarios eran moderados, incluso inexistentes, aun cuando las reformas fiscales favorables a las rentas más altas habían erosionado los ingresos de los Estados. Es la crisis financiera lo que ha ahondado de forma dramática la deuda y los déficits. ¡Y para colmo acudimos a las finanzas desreguladas para financiar los déficits que ellas mismas han provocado! Un caso particularmente delirante es el de Irlanda: su plan de austeridad brutal está dirigido a financiar el reflotamiento de los bancos irlandeses para que sus disparates no les cuesten ni un céntimo a sus acreedores, y en especial a los bancos europeos. Pero el caso griego tampoco tiene desperdicio: el FMI y la Comisión europea imponen privatizaciones, recortes salariales y de pensiones, facilidades para el despido… como siempre con el fin de limitar las pérdidas de los acreedores, aunque se haya podido constatar, en octubre de 2011, que habría que suprimir parte de una deuda cuyo pago íntegro es manifiestamente imposible.
La crisis de la zona euro es el reflejo de la escasa o nula aptitud de los mecanismos de coordinación existentes - el “Pacto de Estabilidad y Crecimiento”- y la ausencia de una verdadera solidaridad financiera. Pero los Jefes de Estado y de Gobierno han decidido radicalizar las disposiciones de dicho pacto, condenando así a Europa a hundirse todavía más en un callejón sin salida.
El origen del problema reside en la concepción misma de la gobernanza económica europea. Claro que existe una coordinación de las políticas económicas, pero esta favorece de forma privilegiada la reducción del gasto público y el control de las cuentas públicas en detrimento del crecimiento, y la competencia en detrimento de la cooperación. La financiarización –es decir, el predominio del sistema productivo sobre el productivo- desbocada de las economías, el dumping fiscal, social y salarial entre los países europeos, la competencia por atraer capitales, han desembocado en esta curiosidad histórica: una moneda única entre países enfrentados en una guerra económica. Guerra que por el momento está ganando Alemania, que viene dando salida a un enorme superávit comercial basado en una austeridad salarial sin fisuras: una auténtica “deflación competitiva”. Pero aquellos que se jactan del éxito de la política alemana olvidan que su generalización a toda Europa reduciría a la mínima expresión la ventaja comparativa de Alemania y sumiría a toda la Unión en la depresión.
…pero todavía hay que reforzarla
¿Qué proponen las autoridades europeas para remediar un vicio de fondo en la concepción de los tratados actuales? Los dirigentes de la Unión, la Comisión y el FMI pretenden reforzar la solidaridad entre los países de la zona euro perpetuando el Fondo de Estabilidad. Solidaridad curiosa donde las haya. Lejos de devolver a los Estados el suficiente margen de maniobra para hacer frente a los mercados financieros, estas reformas vienen a reforzar la disciplina que los mercados no han sabido imponer –debido a su absoluta falta de responsabilidad-. Los tratados europeos querían imponer a los Estados la disciplina de los mercados. Ahora que estos han demostrado su incapacidad para disciplinarse por sí mismos, ya no se trata tanto de neutralizar los daños que puedan ocasionar, sino de suplir sus mecanismos deficientes por mecanismos políticos (como la famosa “regla de oro”) que impondrán directamente a los Estados los objetivos de las élites financieras.
La especulación provoca crisis y en consecuencia déficits; ¿Qué a los “mercados” no les gustan los déficits?, pues entonces vamos a reforzar entre todos la presión sobre el gasto social y a introducir en las Constituciones la obligación de equilibrio presupuestario (“regla de oro”). La especulación provoca subidas de precios en las materias primas y agrícolas, y los asalariados reivindican su capacidad adquisitiva; ¿Qué a los mercados no les gustan las subidas salariales?, pues vamos entre todos a agravar la austeridad salarial. Si en todo esto hay algo que se pueda llamar solidaridad, es con la industria financiera.
Este es el significado real de las innovaciones institucionales adoptadas en verano de 2011 por el Consejo y el Parlamento europeos y del nuevo Tratado anunciado por Merkel y Sarkozy: perpetuar el Fondo de Estabilidad, establecer mecanismos de control recíproco de las políticas presupuestarias (procedimiento conocido como “semestre europeo”) y generalizar la adopción de la “regla de oro”. Tres remedios que agravan la enfermedad.
Mecanismo europeo de “estabilización” ¿o de castigo?
El Fondo Europeo de Estabilidad Financiera creado en mayo de 2010 ha sido autorizado a endeudarse en los mercados financieros por 440.000 millones de euros con el fin de acudir en ayuda de los países atacados por esos mismos mercados. Este Fondo fue inicialmente creado por tres años, la ayuda aportada estaba en gran medida condicionada a la puesta en marcha de planes de reducción del déficit público, y los tipos eran muy elevados (del 5 al 6 %), incorporando además una prima de riesgo. Resulta paradójico, ya que el Fondo, considerado por los operadores financieros tan seguro como Alemania, se endeudaba a un tipo bajo, próximo al 3%. Pero como subrayaba John Monks, el presidente de la Confederación europea de sindicatos, en una carta dirigida a la Comisión en enero de 2011, estas condiciones, sumadas a planes brutales de austeridad y de privatizaciones, se asemejaban a “las cláusulas de reparación (castigo) del Tratado de Versalles” y “rebajan a los países miembros a un estatuto cuasi-colonial”. Acusación legítima pero cargada de significado cuando uno recuerda que aquel tratado humillante, impuesto en 1919 a Alemania y denunciado en aquel entonces por Keynes, desembocó en la toma del poder años más tarde por los nazis…
Las atribuciones del Fondo han sido ampliadas en 2011: a partir de ahora puede adquirir bonos de los Estados en el mercado primario o secundario, y acudir en auxilio de los bancos en dificultades. Pero el Fondo sigue sin disponer de los recursos necesarios para acudir en auxilio de países grandes como España o Italia.
 Semestre europeo: apretar la soga
La Comisión introduce, con el beneplácito del Consejo, un procedimiento de mutua vigilancia calificado como “semestre europeo”: los Estados miembros presentan en el primer semestre de cada año sus políticas presupuestarias de corto y largo plazo, así como sus proyectos de reforma estructural, a la Comisión y al Consejo Europeo, que dan su opinión antes de que estos sean votados por los Parlamentos nacionales durante el segundo semestre. Así pues, los Parlamentos nacionales quedan condicionados por las decisiones tomadas en el nivel europeo.
Semejante proceso podría ser útil si consistiese en definir una estrategia económica para el empleo y las inversiones en materia ecológica. Pero en realidad se trata de aumentar la presión a favor de políticas de austeridad presupuestaria y de las reformas liberales, Ya se puede ver hoy en día: la Comisión ha lanzado Procedimientos de Déficit Excesivo (PDE) contra la mayoría de los países de la zona, pero no ha pedido a los países con cierto margen de maniobra que aumenten sus gastos o sus salarios para compensar los esfuerzos de Grecia, Irlanda o España.
La Comisión preconiza un “saneamiento presupuestario riguroso”, otorgando prioridad a reequilibrar las cuentas públicas sobre el empleo. Solicita una “corrección de los desequilibrios macroeconómicos” por medio de la moderación salarial en los países deficitarios, la liberalización de los servicios y del comercio en los países con superávit, pero bajo ningún concepto por medio de subidas salariales. También recomienda favorecer la “estabilidad del sector financiero” (pero sin cortarle las alas a la especulación), “hacer el trabajo más atractivo” (como si el problema actual consistiese en que los asalariados se niegan a trabajar), “reformar los sistemas de pensiones” (para reducir los costes y favorecer los fondos de pensiones ¡a pesar de la permanente crisis financiera!)… El giro ecológico, la reforma fiscal progresista, la política industrial y la convergencia social al alza siguen siendo los grandes olvidados de este semestre.
Las seis directivas, el pacto Euro plus, la “regla de oro” para sacar del hoyo a Europa igualando a la baja
En septiembre de 2010, la Comisión presentó un paquete de seis directivas dirigidas a radicalizar la lógica del “Pacto de Estabilidad y Crecimiento” que, sin embargo, había sido un completo fracaso. Las directivas, adoptadas en octubre de 2011 por el Parlamento, mantienen el límite del déficit presupuestario en el 3% de PIB, el objetivo de equilibrio a medio plazo y la obligación de reducir los déficits estructurales al menos un 0,5% anual. Los países cuya deuda supere el 60% del PIB podrán ser sometidos a un “procedimiento de déficit excesivo” si no disminuyen rápidamente su deuda. Con el fin de asegurar la cuasi-automaticidad de las sanciones, será necesaria una mayoría cualificada en el Consejo para oponerse a las medidas y sanciones que la Comisión preconiza. Como si no bastara con tener un “Banco Central independiente” de todo poder democrático, la Comisión propone la creación de “instituciones presupuestarias independientes” que verifiquen que se respetan las reglas presupuestarias europeas.
La Comisión vigilará los desequilibrios macroeconómicos excesivos siguiendo un cuadro de mando con ciertas variables (coste salarial, déficit exterior, deuda pública y privada). Pero la supervisión sólo irá enfocada a igualar a la baja: no se sancionará a los países que descarguen sobre los demás unas políticas presupuestarias y salariales demasiado restrictivas. Tampoco se les incitará a incrementar los salarios o el gasto público para converger al alza con los demás países. La Comisión mantiene inalterable su visión neoliberal: hay que controlar a los Estados miembros despilfarradores y díscolos. Poco importa que la crisis haya demostrado la responsabilidad aplastante de las finanzas en la inestabilidad económica.
Por iniciativa alemana, el Consejo ha adoptado en marzo de 2011 un “Pacto por el Euro plus” o “Pacto de competitividad para la convergencia”, una bella contradicción in terminis. A cambio de su participación en el FEEF, Alemania quiere disponer de un derecho de supervisión sobre las instituciones y las estrategias de los demás países. Se trata otra vez de reforzar la competencia en el seno de la Unión. El pacto contempla la supresión de la indexación de los salarios tomando como base los precios, el ajuste de la edad de jubilación en función de la esperanza de vida, la introducción en las constituciones de un techo de déficit…
El nuevo tratado, minuciosamente elaborado por Angela Merkel y Nicolas Sarkozy, propuesto por el Consejo Europeo el 9 de diciembre de 2011, impone la inscripción de una “regla de oro” - similar a la que fue votada por el Parlamento español en septiembre de 2011- en las constituciones de los países miembros. El déficit público estructural será limitado al 0,5% del PIB. Los países tendrán que reducir sus déficits de forma anual, independientemente de la situación económica, siguiendo instrucciones de la Comisión. Será necesaria una mayoría cualificada de los gobiernos europeos para oponerse a las sanciones previstas en caso de superar el techo del 3% o de incumplimiento de las instrucciones de la Comisión. Los Estados perderán toda autonomía de su política presupuestaria. Supondrá un grave retroceso de la democracia.
Otras políticas verdaderamente solidarias son posibles
Hasta el momento, las decisiones y los proyectos sugeridos ni siquiera han servido para tranquilizar a los mercados, En diciembre de 2011, los tipos impuestos por los mercados para la deuda a 10 años eran del 2% para Alemania y del 3,5% para Francia, pero del 6% para España, del 7% para Italia, 8% para Irlanda, 12% para Portugal y 18% para Grecia. Los mercados financieros anticipan una suspensión de pagos en ciertos países y numerosos especuladores se sitúan en un escenario de ruptura de la zona euro. Tras haber sido obligados a constatar que Grecia no podría pagar toda su deuda y de haber condonado una parte de los créditos que estaban en manos de agentes privados, los dirigentes europeos han salido a la palestra para declarar que nunca aceptarían que un país europeo deje de pagar su deuda. Pero para seguir respondiendo a su deuda, los países atacados tienen que soportar tipos de interés elevados, adoptar medidas de austeridad presupuestaria y reducir sus salarios para restablecer su competitividad. Lo que a su vez les condena a un largo periodo de estancamiento económico y de paro que a la larga impedirá una reducción real de los déficits.
¿Puede el debate sobre la gobernanza económica frustrar las lecciones dela crisis? La crisis obedece a estrategias económicas basadas en la presión sobre los salarios y el gasto público, quedando compensado el descenso de la demanda por mejoras de competitividad para los países “neo-mercantilistas” que basan toda su política económica en la exportación (Alemania) o por las burbujas financieras e inmobiliarias y el crecimiento de la deuda de los particulares en los países anglosajones y del sur.
La quiebra de estas dos estrategias ha obligado a los Estados a elevar el déficit público para amortiguar los efectos de la recesión. No se puede reducir dichos déficits sin haber definido previamente otro modelo económico que debería apoyarse, por una parte, en el aumento de los salarios y las prestaciones sociales, tanto en los países neo-mercantilistas como en los países anglosajones, y por otra parte en una nueva política industrial, dirigida a organizar y financiar el giro hacia la economía sostenible.
Los déficits públicos anteriores a la crisis no provenían del aumento del gasto, sino de una competencia fiscal organizada. Reequilibrar las cuentas públicas pasa por la lucha contra la evasión fiscal y los paraísos fiscales. Para reducir los déficits, hay que aumentar la imposición sobre los ingresos financieros, las plusvalías y las rentas más altas, cuyo crecimiento es una de las causad de la crisis. A escala europea, esto pasa por una estrategia de armonización fiscal, fijando tipos impositivos mínimos para las empresas, las rentas altas y los patrimonios, garantizando a cada país la posibilidad de gravar a sus empresas y residentes.
La supervivencia de Europa implica un cambio total de paradigma. Europa no puede apuntar a una austeridad sin fin, sino que debe alumbrar un modelo específico de sociedad, y para ello requiere una profunda renovación. Entre los economistas críticos no existe un acuerdo unánime sobre la naturaleza de esta renovación. A algunos de nosotros nos gustaría ver cómo Europa se encamina hacia un crecimiento sostenible, un “Green new deal”. Otros preconizan un modelo alternativo en el que el “bienestar” dejaría de ser medido por el PIB. Tampoco nosotros estamos totalmente alineados en cuanto a las medidas que convendría privilegiar para salir del callejón sin salida que amenaza directamente el futuro de la construcción europea. Algunos de nosotros consideramos que la Unión Europea debería garantizar el conjunto de las deudas públicas de los países miembros, lo cual dejaría sin  justificación alguna a las primas de riesgo actualmente exigidas por los inversores para adquirir bonos de los Estados más sospechosos de insolvencia. Otros piensan que las deudas públicas, ampliamente deslegitimadas por su origen (las reducciones de impuestos a los ricos, la crisis financiera, el rescate de los bancos) deberían ser reestructuradas y, llegado el caso, incluso condonadas. A fin de cuentas esta es la clase de debate democrático que debe darse para que en última instancia sean los ciudadanos quienes decidan.
Sin embargo, existe unanimidad en torno a la necesidad de reformar los tratados europeos para reducir la importancia de los mercados financieros, relajar la presión que ejercen sobre los ciudadanos y construir una verdadera solidaridad entre los países, basada en la cooperación y la armonización en un horizonte de progreso.
Una primera exigencia para liberar a los Estados de la tutela de los mercados financieros es garantizar, en los casos en que sea necesario, la recompra de deuda soberana por el BCE. Los Estados tienen que poder financiarse directamente en el Banco Central Europeo a un bajo tipo de interés. Es intolerable que los bancos privados acumulen beneficios récord prestando a los Estados a tipos prohibitivos mientras que ellos se financian en el BCE a un tipo muy bajo.
Una segunda necesidad consiste en trasladar los costes de la recesión y las pérdidas de los bancos  a sus accionistas y a los particulares más acomodados. Es inaceptable imponer el paro, la precariedad y el descenso salarial para proteger y preservar a las élites financieras. Los beneficios y los bonus récord de los bancos en 2010 son indecentes. Los ciudadanos islandeses han abierto el camino al rechazar por referéndum el pago de las locuras perpetradas por sus bancos. Los movimientos de los indignados en España y Grecia han expresado con vehemencia y claridad su rechazo a seguir tragando con todo. El cambio es necesario.
Una tercera urgencia es desarmar a la especulación que sigue cebándose con  Grecia, Irlanda, Portugal, Italia , España, y muy pronto con Francia… Gravar las transacciones financiera, empezando por aquellas que se efectúen en euros; regular estrictamente los mercados derivados, especialmente aquellos que se basan en materias primas y agrícolas, así como los CDS (estos seguros contra la quiebra de un Estado que se han transformado en herramientas de especulación contra los propios Estados); limitar drásticamente la actividad de los fondos especulativos y en particular los “efectos palanca”, que multiplican las oportunidades y los riesgos derivados de la especulación; prohibir a los bancos la especulación por cuenta propia y desmantelar aquellos que son “demasiado grandes como para quebrar”… Toda una batería de decisiones urgentes que no pueden seguir pospuestas.
El cuarto imperativo consiste en instaurar un auténtico espíritu cooperativo entre las políticas económicas  europeas. En lugar de privilegiar ante todo la competencia y los ajustes a la baja, hay que ejercer presión sobre Alemania –y con ese fin apoyar a los movimientos sociales alemanes- para aumentar los salarios y las  prestaciones sociales con  el fin de reducir un  superávit comercial que está desestabilizando a toda Europa. Hay que poner freno a la competencia fiscal que tanto ha minado los ingresos públicos de los países de la Unión, armonizando al alza el impuesto de sociedades. Hay que reequilibrar las cuentas públicas anulando las contrarreformas fiscales neoliberales y restaurando una fiscalidad progresiva. Hay que crear una verdadera solidaridad presupuestaria europea mediante la instauración de una fiscalidad unificada sobre las transacciones financieras y las energías fósiles.
Creer que la reforma programada del Tratado reforzará la solidaridad europea sería un craso error. Al contrario, este reforma apretaría las tuercas a las finanzas de la Unión Europea. Da por válidos los planes de austeridad ya impuestos y allana el camino para su generalización. Prosigue obstinadamente la carrera de la Unión Europea hacia la implosión. Los brutales planes de austeridad aplicados para “tranquilizar a los mercados financieros” son, junto con la crisis bancaria, una de las causas esenciales de la recesión que hoy día se instala en todo el mundo.

jueves, 12 de abril de 2012

El peor de los casos ya ha llegado



Textos extraídos de We are the 99% (Papeles de Relaciones Ecosociales y Cambio Global, 2011/12, nº 116)
"A finales de septiembre, UBS, el mayor banco suizo, publicaba un informe de 21 páginas en el que advertía de que la recesión iba a dejar paso a una depresión e insinuaba la necesidad de gobiernos bien "musculados", menos democráticos y más "autoritarios", para enderezar la situación, so pena de conducir a la UE a una "balcanización" y una "guerra civil". Los previsibles desórdenes sociales que la crisis económica iban a generar podrían exigir cambios de gobierno, incluso gobiernos dictatoriales o "militares" capaces de contener y reprimir el malestar. El informe del banco suizo se podría interpretar sin duda como un chantaje encaminado a forzar los rescates bancarios, sin los cuales -se nos dice- sólo cabría esperar un futuro de inestabilidad, agitaciones y autocracias que pondrían fin al "sueño europeo", pero reflejaba también, de manera desnuda, esta creciente intolerancia de los así llamados mercados frente a las instituciones democráticas.
Es Goldman Sachs quien decide el margen de libertad, la calidad de vida, la longevidad y la dignidad de los seres humanos. El capitalismo, aparte de un conjunto de relaciones económicas impersonales, implica también un aparato de gestión, al que son necesarios por igual, según lugares y circunstancias, los más sanguinarios pistoleros y los más refinados filósofos. Lo que caracteriza a ese aparato de gestión es precisamente su falta de escrúpulos: durante los últimos sesenta años ha utilizado alternativa o simultáneamente el colonialismo, el fascismo, las dictaduras, las dictablandas, el Estado del bienestar, las instituciones democráticas, las instituciones financieras y los acuerdos comerciales e incluso el fundamentalismo religioso. Este aparato de gestión es muy versátil y no prefiere el fascismo. Pero tiene en cualquier caso dos límites impuestos por la propia estructura económica que trata de gestionar. El primero señala que ni siquiera en periodos de crecimiento el capitalismo puede generalizar la democracia como procedimiento de gestión. El segundo revela que en el peor de los casos, en periodos de crisis o de recesión, la democracia es el único procedimiento de gestión verdaderamente incompatible con el capitalismo. Todo parece indicar que políticos y agentes económicos (el embudo del 1% que se traga la riqueza) han asumido ya que el peor de los casos ha llegado y que la reproducción de los mecanismos de acumulación capitalista es incompatible en todas partes, también en Europa, con el Estado del Bienestar y con el Estado de Derecho. Como decía Marx hace 150 años, a veces son "las bayonetas las que tienen que encarrilar la ley natural de la oferta y la demanda".
Durante años, ha llamado la atención la descentralización y evaporación del poder. No había ni una Bastilla, ni un Palacio de Invierno. Y, sin embargo, el modelo inaugurado en la Qasba de Túnez y en la plaza de Tahrir de El Cairo se extendió por todo el mundo. Las acampadas tienen menos que ver con el hecho de apuntar con el dedo un edificio o un ministerio, que con la necesidad de afirmar el propio poder de permanencia en el espacio público. El poder capitalista no tiene un centro, pero ocupa los espacios y por eso mismo la presencia física de los cuerpos yuxtapuestos en un recinto común es ya un ejercicio vivo de democracia. Mantenerse en el espacio es una respuesta vigorosísima, subversiva, a esa descentralización del poder."

Santiago Alba Rico, La crisis capitalista y el deseo de democracia. Papeles de Relaciones Ecosociales y Cambio Social (nº 116).

"Cuando se llega a una crisis de la envergadura de la presente, lejos de funcionar como Estado del bienestar, pasa a hacerlo como instrumento de legitimación de las desigualdades, al socializar las pérdidas económico-financieras repercutiéndolas sobre quienes no las han generado. Estamos viendo cómo el discurso neoliberal trata de convertir derechos básicos en privilegios (por ejemplo, tener un contrato fijo) que defienden quienes lo tienen -como expresión del egoísmo del individuo-, contra los que tienen que levantarse quienes no gozan de ellos, Una interpretación en abierta confrontación con la lógica que persigue la extensión y universalidad de los derechos.
En este momento el Estado, lejos de funcionar como Estado del bienestar pasa a hacerlo, más que nunca, como legitimador de las desigualdades. En paralelo a su connivencia con la violencia que introducen los mercados y las agresivas repercusiones económicas y sociales del neoliberalismo, todo parece indicar que también se va a reforzar su función coercitiva. Y frente a la idea integradora asociada al Estado del bien-estar, el mal-estar social se va a extender también por la represión de libertades individuales y colectivas. A los Tratados Internacionales y normativas ya existentes habrá que sumar un mayor control policial dentro del propio territorio, y el reforzamiento de las vías penales para el control y la resolución de conflictos derivados de la exclusión  e injusticia social."
Justa Montero Corominas, Crisis del sistema democrático. Hacia una redefinición de nuestra vida en común. Papeles de Relaciones Ecosociales y Cambio Social (nº 116).